sábado, noviembre 25, 2006

Caral



Hoy viajé en el tiempo hasta los inicios de la civilización americana, a una enorme ciudad de piedra y barro con pirámides y anfiteatros en el Valle del río Supe, ciudad que los arqueólogos modernos han bautizado como Caral.


Ida
La ida por la Panamericana Norte auguraba un día muy nublado, especialmente en Pasamayo, donde las nubes parecen brotar de la carretera y entreverarse con el viento, las dunas, los camiones, las camionetas, los autobuses, los automóviles y la emoción que cercaba la camioneta.

Viajamos más de dos horas y, después de comer un buen sánguche de chicharrón en uno de los grifos cercanos a Huacho y de terminar sorprendidos por la cantidad de invasiones y pueblos jóvenes que han crecido alrededor de las dunas anconeras, llegamos al kilómetro 184 de la Panamericana Norte, en Barranca.

Hicimos un alto por varios minutos y luego nos adentramos en un camino sin asfaltar y muy áspero. Ese tramo del viaje fue algo largo y no por la distancia, sino por lo rústico del camino, pero se hizo corto gracias al paisaje visual que ofrece el valle del río Supe, que nos exhibe muchos sembríos, plantaciones, animales y pobladores.


Caral
Pronto pasamos por la parte izquierda de las ruinas, botando polvo con la camioneta y al estacionar, lo primero que vimos fue la pequeña estación turística que muy bien ha montado el Proyecto Caral, la cual no desentona con las ruinas y el paisaje y está marcada principalmente por esteras refinadas y madera del valle. En ese pequeño módulo, hay chozas de tiendas, un restaurante y zonas para artesanos.

En ese parador descansamos unos minutos, pagamos las entradas y nos inmiscuímos en la ciudad capital de Supe.


Altar de fuego
En Caral se siente la presencia del fuego por muchos rincones, dado que en la época de esplendor de esta civilización el fuego o la quema era la forma de adoración más grande. Como debía ser, el altar principal es uno especialmente hecho para fuego, una especie de horno andino, diseñado en forma circular con entradas y salidas especiales de aire para avivar la brasa. Actualmente el altar está en restauración, y se dice tenía una altura de más de dos metros.


Anfiteatro
Cerca del altar está el gran anfiteatro de Caral, que consiste en un gran escenario circular de piedra y dos escaleras de acceso. Algo interesante es que toda la ciudad de Caral ha sido construida con piedras no muy pulidas y unidas desordenamente con barro que, en esta antigua ciudad, hace las veces del cemento en la selva de cemento limeña.


Pirámides
En la urbe ancestral existen 7 pirámides, las cuales están muy deterioradas, por lo que los arqueólogos están muy afanados en reconstruirlas. Son todas escalonadas, con escaleras centrales muy empinadas y hechas de piedra. Lástima que aún no se les llegue a apreciar en su total magnitud. Pienso que el Proyecto Caral debería trabajar, aparte de excavación y conservación, en ofrecer una visión más palpable de la vida en la ciudad. Quizás reconstruir totalmente una de las pirámides y montar una escenografía que muestre a sacerdotes realizando ceremonias, sería una buena alternativa para conocer mejor a la civilización que existió en esa zona hace ya tantos años.


Huanca
Frente a una de las pirámides, existe una piedra grande y larga, en forma de reloj solar que apunta y juega con dos pirámides. La plazoleta con el monumento de piedra es quizás el sitio más acogedor de Caral y el que debe necesitar una explicación científica con urgencia. El Proyecto Caral aún está en sus inicios y comentan que sólo el 30% de la infraestructura ha sido excavada y por ende, aún quedan muchas preguntas por contestar.


Pirámide Mayor
La Pirámide Mayor, aparte de ser la pirámide más grande, es la construcción principal de Caral. Cuenta con un pequeño anfiteatro, con dos entradas flanqueadas por dos grandes piedras que hacen las veces de columnas de pórtico y por plazuelas pequeñas.

Alrededor de todas las dunas que entierran parte de la pirámide, notamos con emoción las formas sinusoidales que se crean con el viento, cambiando la estática y geometría lineal de los monumentos, por un movimiento de vida alrededor de la danzante Pirámide Trunca.

El guía nos cuenta que las viviendas de los pobladores de Caral se ubicaban en los alrededores de las pirámides y templos actuales, zona que hoy es una gran pampa desértica. Nos comenta también que usaban silos comunes y que los excrementos eran usados como ofrendas a los dioses.


Valle
La ciudad de Caral está construida en una pampa desértica, encima de una gran loma y en medio de un desierto, o mejor dicho, en una enorme duna de 66 hectáreas, al costado del Valle del río Supe.

Desde puntos estratégicos de Caral, se ve, a lo lejos, el Valle del río Supe; Verde y colorido, es el regocijo visual que nuestros ojos necesitaban después del monótono color del desierto. Es ese mismo río y valle los que le daban vida a los habitantes de esta ciudad, principalmente agricultores y pescadores, y quizás ese mismo paisaje el que inspiraba a nuestros antepasados a vivir tranquilos y en paz.


Epílogo
Caral muestra los restos de una civilización muy antigua que se desarrolló en el Perú, y por eso debemos estar atentos a descubrir qué nos tienen preparado los arqueólogos para conocer más la Nación que somos y poder así ver el futuro con mayor esmero.

Visualmente Caral muestra una infraestructura lineal o geométrica básica, sin mucho arte, pero que muestra un conocimiento científico interesante. Aún así, y si bien todo el paisaje de la ciudadela es muy armónico y simple, está muy lejos de las civilizaciones contemporáneas como Egipto, Mesopotamia o China.

martes, noviembre 14, 2006

Puno



Acabo de regresar a Lima después de cinco días intensos en la sierra sur peruana, cambiando de aire y conociendo aún más la vasta riqueza y el potencial turístico del país.

Salí de Lima el miércoles al mediodía, después de una mañana movida con una reunión importante y una fuerte neblina que casi me hace perder el vuelo. Hace mucho tiempo que no tomaba un avión para un viaje interno y mi primera impresión fue lo bien que han habilitado el nuevo terminal del aeropuerto Jorge Chávez, tanto así que pienso compite mano a mano con cualquier otro aeropuerto del mundo.

El vuelo tomó más tiempo de lo normal por una parada en Arequipa, por lo que llegamos a Juliaca terminando la tarde del miércoles. En el aeropuerto altiplánico nos esperaba toda la alta dirección de Electropuno, quienes nos saludaron y, después de una breve conversación, nos llevaron directamente a Puno, al hotel Qelqatani.

El trayecto de Juliaca a Puno fue rápido pero muy emotivo: el paisaje puneño se enmarca dentro del más perfecto cuadro minimalista existente, y el contraste de celestes con blancos y verdes con amarillos, difuminados a través de la fría y lluviosa ventana de vapor caliente, transmiten grandeza y soledad infinita.

En Puno reposamos unas horas y por la noche, salimos a pasear por el centro de la ciudad. En esa caminata, lo primero que se siente, aparte de un adormecimiento integral generado por la altura, es un choque cultural enorme, propulsado por la presencia de muchos turistas, en especial españoles y por la insólita música gringa que se escucha por todos los rincones del centro de la ciudad: arrullando a una niña en el puesto de artesanías, gritando en la discoteca tempranera más bullanguera del Jirón Lima y relajando a los foráneos en los restaurantes novo-puneños.

En el centro de Puno existen dos lugares principales: la Plaza de Armas y la Plaza Pino, que se conectan entre sí por el Jirón Lima. En la Plaza de Armas, resalta la Catedral por su belleza, icono religioso hecho de piedra de loza rojiza, adornada por algunos tallados y una cruz de madera a la izquierda; y la Municipalidad, un elefante blanco enorme con diseño moderno, que parece traída directamente de Marte para desubicar a los puneños.

Más tarde nos encontramos con representantes de la empresa y fuimos al restaurante Huanchacos, un lugar que mezcla costumbres andinas con norteñas. El local es uno muy cargado, con murales enmarcados de adobe, paredes de totora y una enorme y colorida sombrilla de playa que, colgada del techo, emite excesiva luz. Ese día comí, a recomendación de nuestros amigos, una gran trucha del Lago Titicaca al vapor con legumbres, y tomé una bebida caliente puneña: el Huacsapata, elaborada con vino y pisco. Fue una gran velada y la comida puneña pasó el examen con muy alta nota. Pronto regresamos al hotel, pues al día siguiente teníamos una reunión importante y estábamos cansados del viaje y del primer día en la altura puneña.

La mañana siguiente nos recogieron temprano y fuimos a la reunión pactada. Ahí estuvimos toda la mañana, mientras conversábamos y escuchábamos la sustentación. A la hora de almuerzo nos invitaron al nuevo restaurante del Hotel Sonesta, frente al Lago Titicaca, que tiene una vista privilegiada de Puno y del lago. Cerca al hotel está anclado el barco Yavarí, el más antiguo del Perú, fabricado en Inglaterra en los 1800, desmontado y traído a Puno en burro desde la costa. Cruzamos un momento un puente colgante y visitamos la embarcación. Fue muy peculiar la historia del barco y la simpática manera que tiene el guía de contarla.

Desde el barco se observa, al fondo de la bahía, en la Isla Esteves, el Hotel Libertador, todo blanco iluminando el soleado día puneño y brillando como una perla en medio del Lago Titicaca.

El tiempo era corto, pues el bus a Cuzco nos esperaba a las cuatro de la tarde. Estupefacto por el paraje y comiendo alpaca con gnoccis, no podía dejar de pensar en cómo podría ser el futuro puneño si se sigue trabajando con fuerza hacia delante. El Lago Titicaca tiene una gran riqueza económica y un potencial turístico que podría hacer de la zona un lugar muy desarrollado.

En el terminal de bus nunca olvidaré a una señora anciana aymara que, vestida con poncho muy negro, estaba sentada muy tranquila en una banca. Noté inmediatamente sus innumerables arrugas, que podrían denotar una gran amargura, pero que después de varios segundos de contemplación, reflejan una ternura ancestral.

Puno es inmenso y en cada rincón cercano al lago se respira una calma profunda que da el aire y respiro necesario que todo gerente busca entre sus sábanas de terciopelo y sus perfumados jacuzzis.

Al salir de Puno en bus, en el cerro más alto, un cóndor muy grande vigila Puno. Con sus alas abiertas apunta sigilosamente al Lago y perfuma el aroma con plumas y soledad. Desde el monumento al cóndor hasta las entrañas del lago, se levanta Puno; fluyendo a lo largo de los cerro hasta desembocar en el Lago Titicaca, pasando por plazas, enormes monumentos al Ekeko y la Zampoña, avenidas muy angostas y pendientes, con calles de piedras que parecerían ser el antecesor de las montañas rusas y mezclando construcciones muy antiguas con nuevas.

Estuve muy poco tiempo en Puno, pero fue una experiencia totalmente distinta a lo imaginado. Al contemplar el paisaje de la bahía encontré una paz y belleza única, que me hizo olvidar la hora, el lugar, las personas, Puno y Lima por unos minutos.

Pronto tomamos el bus, y nos fuimos.


miércoles, noviembre 01, 2006

Fabrizzio

El hecho de recordar, una vez más tan directamente, que esta vida no durará para siempre, me pone a pensar sobre el significado propio de la vida y el por qué estamos aquí, adónde vamos, por qué conocí a Fabrizzio, a Boris, a Enrique, por qué nos hemos conocido todos.

Estuve unos minutos en el velorio de Fabrizzio y lo que afloraba, después de una gran tristeza, era un signo de interrogación, uno muy grande que difícilmente será respondido o cambiado.

Y uno puede suponer y analizar que al chofer lo deberían meter preso (lo cual no lo dudo) pero el problema, pienso, va más allá del caótico sistema de transporte de Lima y va cayendo en un tema de una idiosincrasia nacional muy arraigada orientada al hacer lo que “se les da la regalada gana, sin respeto de nada ni nadie”. Y no sólo es el chofer de la combi asesina, sino es en todo nivel.

Creo fervientemente que, en paralelo a la gran pena por lo sucedido, existe una lección, o mejor dicho, un impulso. Y es

Unión


Si bien la primera conclusión es que el sistema de transportes de Lima es un caos y debemos luchar

Deber y libertad

Poner nuestro granito de arena

Sentir mucha pena por Fabrizzio

Adios Fabrizzio. Gracias

Hay que vivir la vida y descubrir el porque de cada acción, oler las flores, caminar descalzo sobre el pasto,

Y, siguiendo al Dalai Lama, descubrir el amor en cada cosa que hagamos, ese amor que es lo que impulsa

Y sacar la enseñanza que nos está propiamente ocurriendo a todos nosotros

Y tratar de dejar nuestra energía por dónde pasemos

saber dónde uno encaja

esta vida no dura para siempre


Hace menos de un mes crucé varios correos con Fabrizzio

Y por más que una combi pueda arrebatarnos la vida, deberíamos preguntarnos si en realidad hemos aportado

“...hace tanto tiempo que no se de nadie de la prom....que seria bueno reencontrarme con los que pueda....ya sabes cualquier cosa que necesites(odontológicamente)ahi está mi consul a tu disposición.....bueno espero que llames o dame tus fonos para quedar un dia de estos y ponernos en contacto.
Un abrazo y saluda a tus Papás de mi parte que siempre me acuerdo de ellos con mucho cariño.”

...pero no lo llegué a llamar... perdona Fabrizzio... prometo oler flores y plantar un árbol en tu nombre. gracias por todo.
JC

Dolor

¿Qué es el dolor?
¿Por qué tenemos que aguantar todos estos retortijones de barriga, migrañas espantosas, muelas desviadas, pisotones profundos, martillazos o ataques?

Estos días he estado con dolor de estómago terrible y me pregunto, ¿por qué existe el dolor?

Y bueno, no es que vivamos

¿Qué quieres vil veneno de la oscuridad? ¿Por qué me acosas de esa manera tan mordaz?

Te siento dentro de mí, luchando por salir

Barbierización Andina


En la navidad del año pasado, y después de mucho tiempo, el tío Gumersindo visitó, por fin, a la familia; Viajó todo un día desde la capital en un bus que por poco termina como chatarra en medio del río Vischongo, y varias horas en un burro desorientado que no quería por nada caminar en el sendero marcado.

Llegó al pórtico muy temprano, tambaleándose por el peso de un enorme paquete tubular que, si bien estaba revestido con manto, dejaba mostrar parte de los exuberantes regalos gringos que tan afanosamente se había encargado de seleccionar en su tour por los hipermercados de la capital.

Antonita fue la primera en ver al tío, y como no lo reconoció, comenzó a lanzar unos gritos y llantos, que despertaron instantáneamente a todo el gallinero; pronto se formó un coro estruendoso de animales de toda índole y naturaleza que despertaron a la familia y a todas aldeas cercanas.

La única que identificó al tío Gumersindo fue su cuñada; y es que sin las ojotas, el pelo largo, y todos lo collares de conchas que usaba, ni su hermano lo reconoció. En Lima, había pasado de chamán a vidente, y se había vuelto casi millonario predicando e inventando el futuro de las señoronas sanisidrinas que buscaban pretextos para volver con sus maridos sacavuelteros. El tío, vestido con una camisa de seda, ropones marrones, zapatillas urbanas y lentes de sol, fue recibido con gran entusiasmo por su hermano que con grandes abrazos lo alabó e invitó a desayunar.

Mientras desayunaban, el tío les contó varias historias de la vida en la capital, cómo había cambiado su vida y hasta que estaba pensando en ir a los Estados Unidos o Europa, en donde hay un mercado mucho mayor de sacavuelteros.
Antonita, siempre preguntona, prestaba atención abriendo con unos ojos enormes, a cada sílaba que salía por la boca del tío; muy atenta, no quitaba los ojos de los lentes oscuros de su tío y más aún cuando él la miraba y podía verse reflejada en las lunas.

Cuando terminaron de comer todas las yucas con leche, el tío Gumersindo cogió su encomienda y comenzó a desenvolver el manto. Poco a poco aparecían paquetes de regular tamaño cubiertos de papeles muy coloridos. Repartió los regalos entre sus extasiados sobrinos que no atinaban a decir palabra alguna.

El regalo de Antonita fue el más emotivo; lágrimas corrían por sus ojos, nunca había recibido algo tan colorido y bonito. Lo abrió muy rápido y pronto se dió con la sorpresa que era una mujer muy pequeña, una muñeca muy blanca con el pelo rubio, tanto que brillaba. Pronto su olor le perfumaba toda la ropa; dormía con la muñeca y no la dejaba por nada. Llego a idolatrarla y hasta decía que era su mamacha y a veces su diosita Mama Ocllo.

El apego por la muñeca llegó a tal extremo que no pensaba ni atinaba a decir alguna cosa que no esté relacionada con la muñeca. Se pasaba horas cogiendole el pelo sentada al costado del río. Corría todas las tardes hasta la zona más blanca del río y cogía la arena y se le refregaba por todo el cuerpo.

Un día hasta se olvidó de arriar a las ovejas y se perdieron antes de llegar al corral. No le importó siquiera sus animales, fieles compañeros de juegos y aventuras desde hacía varios años anteriores.

La barbie cambió la vida de Antonita y pasó a ser parte de su conciente e inconciente.

Un día llegó una turista canadiense que estaba dando vueltas en bicicleta por el medio de los andes. Era rubia de ojos celestes y muy blanca. Cuando la llegó venir, caminando por entre los pastizales, empujando su bicicleta, no pudo contener las lágrimas. Era como si viera a Dios.

al final pierde el sentido y el mundo está loco.

.

La

La barbie

quería ser como la mamacha, se comenzó a poner tierra blanca del río en el cuerpo y le salieron hongos

el pelo se lo cortaba y pintaba con colorantes... inca cola..

veía sus piernas muy distints y trata de hacer los pos

los ojos celestes no paraba de mirarlos

el tío le decía lo que debía hacer

preguntaba siempre por qué la muñeca era tan linda?

siempre quería ser como su diosita, se puso x x x

.

Mama

.




viernes, septiembre 23, 2005

Ancón



Siempre en épocas calurosas, desde que tuve uso de razón hasta que murió mi abuela, toda la familia se mudaba a Ancón, lugar ideal para el verano ubicado a muchos kilómetros norte de Lima; eran momentos de libertad y diversión pura sin más preocupaciones que el pinchazo de una rueda de bicicleta y la pérdida de una sesión de cine antiguo. Ahí, junto a las playas astilladas, los barcos y casas abandonadas fue donde mi inocencia veraniega nació, divagó y vivió durante muchas lunas hasta expirar lentamente con la mamama.

Hace algunos años me visitó la nostalgia y enfermé gravemente; después de un día cargado de estrés por el trabajo decidí no regresar a la oficina y enrumbarme a tan bello paraje infantil; emprendí viaje por la Panamericana, con terno y corbata, hasta arribar al recordado balneario norteño.

Llegué muy tarde, casi a medianoche y Ancón estaba muy oscuro y lúgubre; desde el principio me percaté de que no existían muchos cambios a lo largo de éstos años. Al acercarme y tratar de entrar en la playa de estacionamiento la vía se hizo muy angosta y sinuosa, cuesta abajo en un cerro, y para poder aparcar tuve que girar el timón rápidamente de un lado al otro y hacer los mismos malabares con los que mi padre luchaba veinte años atrás. Justo en ese momento, cuando ya se olía el aroma a humedad, óxido y aceite quemado del garaje, un coche encendió las luces y se dispuso a salir, y como la pista es de una sola vía terminamos cruzando parachoques, miradas y fuertes alusiones a la familia.

Caminé por las nocturnas callecitas anconeras, por el amplio malecón y encontré muy poca gente, excesivo frió, cuantiosa arena y profundos recuerdos que agudizaron mi enfermedad sentimental: desde el sabor y sonido del estruendo marino, la fría suavidad de la arena y el dolor de las astillas de los barcos abandonados hasta el aroma del pescado en el muelle principal, el suave aleteo de los pelícanos y las pocas luces de los edificios frente al mar me incitaban a recordar mi niñez y el tiempo que viví en ese paraíso.

Al amanecer, en la húmeda cama de hostal, visité el portal del edificio dónde veraneaba la familia; era el Casino de Ancón, con sus innumerables y pequeñas escalinatas que daban al corredor principal del edificio y a las instalaciones del casino. Me senté en varios escalones a recordar y observar el aire y el mar cuando de pronto tres revoltosos niños casi me atropellan al bajar con sus enormes bicicletas de paseo: el más alto llevaba lentes muy antiguos de carey, un inmaculado polo de rayas azules y blancas que le llegaba hasta justo encima del ombligo, un pantalón blanco hasta las rodillas, zapatillas azules con cocos y un reloj digital enorme amarrado en su delgada muñeca; el segundo era gordito, con un polo blanco que dejaba leer “Texaco”, un traje de baño negro y una zapatillas rojas y blancas; el último niño era muy pequeño, blanco y rubio, estaba muy flaco, se le notaban las costillas y parecía el más travieso de la pandilla. Salieron muy rápido desde la oscuridad de la puerta principal del edificio, sin preocuparse de nada y ni se dieron cuenta de que yo estaba sentado; pasaron a mi lado como cuando las flechas de vaqueros rozaban los vellos de los apaches.

Yo siempre salía a montar bicicleta por Ancón con mi hermano y mis primos; hacíamos carreras muy disputadas por el malecón, desde la heladería D’onofrio hasta el Yatch Club. En el trayecto esquivábamos anconetas, heladeros, surfistas, barquilleros, señoras en grupos lentos, señores solitarios observando bikinis, niños pequeños con
bicicletas de rueditas y otros un poco más grandes en enormes bicicletas de paseo, adolescentes fumando, niñas llorando en busca de mamá, parejas de enamorados agarrados de las manos, señoras vendiendo guargüeros y tamales y perros callejeros oliendo los zapatos de los señores morbosos y los de las señoras lentas.

Me acuerdo de un día en que al regresar al edificio, agotado de tanto ejercicio y aullido y maldición de la gente casi atropellada, topé con un señor muy extraño con lentes negros sentado en la escalera que me miraba muy extraño y sorprendido. No le hice caso, pero esa mirada se me quedó clavada en la memoria y siempre aparecía en mis sueños y ensueños.

Permanecí una hora más sentado en las incómodas escalinatas antes de subir al departamento. No pensé en nada, sólo observé las olas del mar, los barcos abandonados y el andar de la gente y de las anconetas. Toque varias veces el portón hasta que, tímidamente, el niño con lentes de carey acudió a mi llamada. Me abrió la puerta a medias y se quedó helado en el acto; noté su temor en el constante golpeteo de su mano contra la puerta; pregunté: “¿Eres tu Juan Carlos?”. Él asintió temerosamente y abrió la puerta.

La vivienda era la misma que recordaba en mis sueños de infancia, ¡estaba intacta! La entrada permanecía adornada con enormes flores secas junto al arcaico teléfono; el mágico comedor poseía los cuadros de paisajes españoles que tanto me gustaba ver; en la mesa, mi abuela jugaba al gin con mi madre; en una mesa contigua, mi abuelo escuchaba las novedades hípicas en una radio negra, cuadrada y con dial y leía sus revistas junto a su imprescindible papel higiénico; en medio de ambas mesas todavía permanecía el televisor en dónde vi de nuevo la fatídica explosión del Challenger.

Caminé por el pasadizo hacia el exterior, los saludé pero no me vieron, parecían muy concentrados en sus tareas. Al llegar a la amplia terraza noté que toda la mueblería se mantenía en perfecto estado; en el centro, una fría hamaca turquesa poseía una magia especial y era el centro de atención de todo Ancón. Mecerse en el mencionado artefacto tenía su truco y generaba un placer indescriptible.

La roja terraza estaba habitada por muchos niños, unos montaban bicicleta, otros corrían, otros lanzaban globos de agua a las anconetas, otros se enjuagaban las manos en pétalos de flores antes de echarlos sobre la procesión. En ese mismo instante, atrás de la hamaca turquesa, mi padre jugaba póquer con dados, tomaba gin y emitía gemidos masculinos junto a sus hermanos y una curiosa niña que se inmiscuía en el juego y el licor.

Caminé despacio junto a la majestuosidad de la vista anconera; desde ese lugar privilegiado se podía observar muy claro el tránsito de personas por el malecón, en la playa, entre las barcas, alrededor de las casas embrujadas, en los balcones de los edificios; montar anconetas y bicicletas; pescar en el muelle; nadar y bucear en el mar; manejar y chocar los pedalones; esquiar y flirtear en las lanchas; dormir en los yates; cegarse con el sol.

Recuerdo con ansiedad las puestas de sol, pasando del calor al frío sentado en la hamaca junto a mi abuela. Siempre quería quedarme hasta que todo fuera oscuro, y mi mamama siempre aceptaba. Al final terminaba con la cabeza recostada en sus faldas y ella quizás algo molesta porque no sabía qué hacer para moverse. En fin, siempre pasaba lo mismo, pero ninguno de los dos intentaba no repetirlo.

Me senté en la hamaca verde de la abuela y observé el mar y todos los pequeños acontecimientos que sucedían a mi alrededor sin que nadie se percatara de mi presencia. En ese momento, el pequeño niño de lentes de carey se me acercó y se sentó a mi lado. Noté en sus enormes ojos una enorme lucha interna por sobrevivir en el mundo, por nacer, por vivir, por crecer. En sus expresiones confirmé su gran timidez y su afán por hacer las cosas bien. Era un niño introvertido, travieso y tímido, pero bueno.

Me preguntó que quién era yo; le contesté que un amigo suyo, un gran amigo, uno que nunca había tenido y que jamás tendría. Frunció la nariz y me respondió que cómo podía ser su amigo si no me conocía; le dije que si me conocía, sólo que estaba muy cambiado, ahora era trabajador, idealista, detallista. Hablamos un buen rato y me contó algunas hazañas con su bicicleta y los pedalones y yo le conté de mis viajes por Europa y Estados Unidos. Perdió el miedo y tomó confianza muy pronto, contándome algunas cosas que no quería oír, como los choques de bicicletas y algunas muertes de niños en el malecón.

Charlamos durante mucho tiempo más hasta que mi madre lo llamó a cenar. Acotó que yo era un tipo extraño pero que le había caído bien y que ojalá nos viéramos de nuevo; yo le aconsejé tener más seguridad y libertad. Se despidió con un apretón de manos y en ese momento notamos que en la unión de las dos manos se reconstruía el mismo lunar que ambos teníamos. El se asustó y corrió hasta las faldas de su madre con un grito espeluznante.

En ese momento me paré y caminé por la terraza, y absorbí una vez más la fría brisa del mar de Ancón. Respiré la nostalgia de la nobleza de la abuela, de la gracia del abuelo, del dinamismo de papá. Cuando volví la cabeza ya no estaba la hamaca, ni la radio negra de las carreras, ni las desgastadas cartas de plástico, ni las coloridas flores secas. Todo había desaparecido en el aire: la hamaca, los pétalos de rosa, los globos, las sillas, las mesas, mis abuelos, mi padre.

JC Magot 2005

lunes, marzo 21, 2005

La máscara más cara

La distinguida carroza de los Monteau ingresó rápidamente a la plazoleta principal del palacio Condesso. Detrás de ella, una noche muy oscura pestañeaba, mientras una cálida lluvia empapaba los árboles y producía una ensordecedora resonancia que amilanaba el zapateo de los caballos con los adoquines de la vía. Al llegar al pórtico, los potros se detuvieron al compás del fatigado cochero que ya inclinaba parte del cuerpo para abrir la portezuela principal del vehículo. Desde el fondo de la carroza, doña Vivian y don Nicolás saltaron apuradamente y se sumergieron en la profundidad de la oscuridad.

A la sombra de una luz tenue, aquella que se distinguía en los aposentos superiores cuando el coche ingresaba a la plazoleta, Alba terminaba de abrocharse el corsé con la ayuda de su madre y una de sus sirvientes de turno. Al escuchar el crepitar de las chispas de las herraduras con las piedras, lentamente deslizó su pulgar por la cortina de su habitación y pudo distinguir a lo lejos una elegante carroza negra que se perdía entre la oscuridad y la tormenta veraniega. Ya, perfumada y maquillada, pensaba sólo en el ansiado regreso de su prima.

Vivian y Nicolás, muy calados, caminaron por entre las fuentes de Neptuno y Afrodita, los jardines del Edén y los verdes laberintos, hasta el hall de ingreso a la residencia. Un guardia los saludó y se ofreció a guiarlos hasta el salón; Los condujo tímidamente entre salones de espejos, cuadros de porcelana, sillones afrancesados hasta llegar a la zona de la lavandería donde una criada les ayudó a secarse. Después de un momento, cuando sus trajes ya no estaban mojados, orientados por el ruido de la fiesta, arribaron a la entrada del salón de baile. Escogieron dos máscaras de entre las pocas que quedaban en el diván, abrieron la puerta y entraron en el extenso mar de muchedumbre, de licor y de bullicio.

Se toparon con muchas máscaras, disfraces, músicos, bailarines, payasos y personalidades contemporáneas. Una mujer de cabellos rubios sentada sobre una mesa, rodeada de muchachos que contemplaban su fumar, les sonrió a lo lejos coquetamente. Al pasar cerca de ella, la mujer miró a Nicolás de arriba abajo y le mandó un beso volado; Vivian reaccionó rápidamente, le sujetó la mano a su esposo y continuaron su marcha.

Unos pasos más adelante vieron que Alba bajaba las escaleras vociferando sus nombres. Vivian se acercó y se saludaron con gran afecto. Alba señaló angustiosamente a la señora de rojo y asintió ante la preocupación de su prima. Nicolás le hizo una seña de saludo y volteó la cabeza hacia la mujer de la mesa, sensual, con los labios muy rojos, colmando el cigarro de belleza y atontando a la secuela de seguidores. Ella tenía la mirada fija en él y pudieron extasiarse mutuamente por una eternidad momentánea.

Vivian y Alba se sentaron a charlar en uno de los excéntricos asientos dorados; Nicolás se disculpó y emprendió camino entre la muchedumbre con dirección hacia los labios rojos, pero en el camino una máscara muy grande, emplumada y furiosa lo detuvo. Nicolás la vio y trató de evitarla, pero una gran risa resonó desde el interior de ella y tuvo que detenerse para saludar a Antoine.

La mano sudada de su amigo se juntó con la suya mientras se despojaban de las máscaras. Comenzaron entonces los comentarios y bromas sobre el centro de atención masculino del baile. En ese instante, con las manos aún juntas, se miraron, poco a poco giraron la cabeza hacia la señora de la esquina y de nuevo brotó el numen que sólo habían percibido en muy pocas ocasiones cuando eran estudiantes de arte. Comenzaba con una energía que venía del exterior, entraba por sus ojos y se apoderaba de los dos cuerpos unidos por el apretón de manos. Pronto era reemplazado por un cosquilleo en lo profundo del alma y unas ganas de exteriorizar el mágico sentimiento. La inspiración que tanto habían buscado los amigos, se les presentó ingenuamente a través de una tosca mueca en la boca de madame Ivonne. Unos minutos más tarde, Nicolás fue hasta la entrada del hall por una máscara femenina, la cual seleccionó después de analizar la atracción que sentía por la señorona.

Antoine fue hasta el almacén del palacio en búsqueda de lienzos antiguos, óleos y pinceles. Encontró algunos colores, varios pinceles secos y gastados y un lienzo. Los cargó discretamente por entre el jolgorio y llegó hasta el punto estratégico del salón: la esquina izquierda, desde donde se distinguía claramente a la señora y su harem.

Entre los dos comenzaron a pintar, al mismo tiempo, en el mismo lienzo y con pinceles de diversos tamaños. La escena que podían observar debajo de la columna era inmejorable: la actitud, los gestos, las muecas, las sonrisas fingidas y las expresiones libidinales parecían bailar armoniosamente al ritmo del maestro de orquesta recostado al otro extremo del salón. El músico se movía rápidamente mientras que su vara se agitaba para que los violoncelos conjugaran con los violines; desde él emanaba la principal fuente de energía, de intuición, de inspiración, parecía un ángel entre toda la gente, proveyendo una puerta directa al cielo con estrellas y cometas. Cada cierto tiempo, Nicolás se acercaba un poco y conversaba con la gente que rodeaba a Ivonne y le guiñaba el ojo tratando de obtener mejores gestos para su obra. La gente le comentaba que nunca habían visto una mujer más bella, pero no le hablaban, sólo la contemplaban, a beneplácito de la madame quien a esas alturas ya mandaba besos volados a todos con una mano embadurnada de maquillaje y lápiz labial.

Entre los dos se inspiraron en la belleza del ser que percibían, paradójicamente grotesca, llena de adjetivos, de armonía y de concordia. Poco a poco, madame Ivonne, su abanico floreado, sus enaguas rojas, sus carnosos labios, sonrisas fingidas y cabellos rizados fueron inmortalizándose en un pequeño lienzo francés.

El retrato era uno plano, sin perspectivas ni sombras, pero muy profundo, producto de una inspirada travesura momentánea de dos grandes amigos. Al pintar se compenetraron uno con el otro y la perfección se hizo presente cuando sus pinceles mezclaron los azules y los rojos con los amarillos y mancharon el blanco panorama con una mágica expresión.

Ya lo habían hecho varias veces, pero en esa oportunidad fue distinto. Los pincelazos mostraban fuerza y brusquedad, eran largos y consistentes. Los amigos alcanzaban éxtasis cuando presionaban el tapiz y ajustaban la espátula con el pincel. Por casi una hora estuvieron ambos abstraídos con madame Ivonne, con el palacio, con la muchedumbre, los colores, las conversaciones, los cristales y los azulejos.

El resultado fue devastador. Un colorido impresionante daba marco a una triste señora que resaltaba por su aparente belleza entre toda la gente congregada. En una mano se podía observar un abanico floreado desproporcionadamente grande para ocultarse de aquellos a quienes no quería sonreír. En la otra, llevaba la máscara femenina que Antoine había conseguido, dispuesta a usarla para aparentar ser más bella cuando veía que se aproximaba una mujer más hermosa que ella. A su costado, encima de la mesa, reposaba un espejo, que era donde sus ojos apuntaban en ese segundo fotográfico y en él se reflejaba otra mujer, mayor, pura y con una mirada de ensueño.

Mientras esperaban que se secara el fresco, Nicolás comenzó a entablar una conversación con ella para contarle sobre la inspirada conspiración y el producto de la magia con su amigo; entretanto, Antoine recorrió la mansión en busca de un marco apropiado para el retrato. Madame Ivonne no hizo caso alguno a lo que el hombre trataba de decirle; estaba dedicada a alabarse y buscar la aceptación de la belleza absoluta ante todos. Madame pensó que Nicolás estaba tratando de seducirla y trató de seguirle la corriente; muy coqueta, charló con él por varios minutos mientras le guiñaba el ojo y le tocaba las manos.

Antoine regresó cargando, cuidadosamente el retrato, ya enmarcado en fina madera. Apareció por atrás de madame, haciendo señas a Nicolás sobre el retrato. Inmediatamente cambió el paisaje que adornaba la pared por el óleo de la señorona, y lo dejó reposar sin avisar que lo había cambiado.

El canje no fue advertido inicialmente por muchas personas, pero poco a poco, la esquina izquierda del hall se fue llenando de personajes. La magia con la cual la pintura había sido hecha creaba un impacto tal que el salón se fue silenciando hasta que se pudieron escuchar las preciosas melodías de los violines en su expresión más pura. La gente notó que el retrato se trataba de madame Ivonne y lo entendieron perfectamente. Se originó tanta conmoción que la gente no pudo retomar el diálogo por algunos minutos. Muchos se retiraron, otros salieron a la terraza, pero regresaron mojados unos segundos después.

Antoine y Nicolás permanecieron inmóviles a un lado del salón, mientras madame Ivonne, que no se había percatado de la acción, se preguntaba qué era lo que pasaba con sus admiradores. Fue uno de sus propios incondicionales quien le señaló con la mirada y con una mueca de disgusto en la boca, la esquina donde la gente se amontonaba.

Madame Ivonne vio el retrato y gritó fuertemente mientras caminaba con lentitud hacia él, a lo que siguió un silencio sepulcral. Pronto se acercó y lo miró con detenimiento. Su segunda reacción fue sollozar, pero para evitar la vergüenza, se colocó inmediatamente la máscara sonriente que llevaba en la mano.

Corrió con la máscara rociada de lágrimas, aplastando a la multitud, mientras pensaba en el retrato, en Nicolás y en Antoine. Con la desesperación de lo que podría opinar la gente sobre ella, corrió a la sala de máscaras y seleccionó la más bella de todas: era un antifaz que representaba a una niña muy dulce, de ojos verdes y labios rojos y con una corona de piedras lápiz lázuli. Encontró en el salón un pegamento y se lo aplicó al antifaz antes de usarlo. Luego la presionó nerviosamente contra su cara, se cercioró que estuviese fija y se vio en el espejo. Sonrió pero no era necesario, la máscara la condenaba a sonreír por siempre, a ocultar sus sentimientos, su razón y su belleza.

Nicolás arribó a la estancia de las máscaras y la vio feliz, bailando frente a un gran espejo, sensual, con una gran sonrisa de máscara teatral. Ella no se percató de la presencia del espigado hombre; cantaba y bailaba y sólo hasta que comenzó a despojarse de su ropa, fue cuando Nicolás tosió sutilmente y ella advirtió su presencia.

Madame Ivonne volteó la mirada hacia Nicolás y, sonriendo le preguntó si era hermosa. La pregunta y la escena conmovió a Nicolás a lo que él respondió que era la mujer más bella que había visto en su vida y se retiró dejándola sola. Ivonne siguió bailando, ahora más que nunca, con pasos sólidos, firmes y fuertes hasta que sintió cosquilleos en el rostro y trató de sacarse el antifaz. Al no poder hacerlo, se desesperó y comenzó a gritar y llorar.

Nicolás regresó al salón de las máscaras al escuchar los alaridos, pero cuando llegó ya era muy tarde, Madame Ivonne yacía en el centro de la pieza. Estaba alumbrada sutilmente por la araña de cristal, con un tajo en la muñeca y envuelta en un charco de sangre azulada; poseía una sonrisa que reflejaba el orgasmo de la fiebre que la consumía hasta congelarla de placer.

Llegaron a la escena Vivian y Alba cuando Nicolás trataba en vano de quitarle la máscara. Alba rompió en llanto al ver a su madre muerta, chilló y Vivian empalideció al ver la espeluznante circunstancia. Los esposos se abrazaron mientras Alba acariciaba la máscara de su madre. Madame Ivonne no reveló nunca más su verdadera tristeza, se quedó así, afligida y enmascarada por toda la eternidad.

Ahora cada vez que hay un baile en el salón se la recuerda. Imposible no hacerlo pues el retrato de madame Ivonne todavía cuelga en esa esquina izquierda de la estancia. Viéndolo bien, ella parece arrepentirse y llorar por no vivir. Todavía se observa el abanico floreado, la máscara de la belleza y el diminuto espejo pintado por Antoine. El detalle particular, que sólo los que acercan la mirada al fresco notan, es la máscara que se refleja en el espejo de la obra; pero no la colorida que trajo Nicolás esa fatídica noche, sino una muy blanca, celeste, espiritual, armónica y bella.


JC Magot 2005

martes, septiembre 14, 2004

Las Nubes

Sole se despertaba muy temprano y sigilosamente, sin que nadie se diera cuenta, caminaba de puntitas para evitar los crujidos del piso de madera. Llegaba a la escalera, desde donde podía apreciar el esplendor de la gran casona en toda su magnitud: a la derecha, un pequeño salón de baile estaba invadido por telas de arañas; a la izquierda, un blanco pasadizo conducía a la habitación de sus padres, a los cuales todavía podía escuchárseles roncar. La escalera en espiral siempre zigzagueaba hasta el pórtico de entrada a la casa y nadie se lo impedía.

Todos los días Sole bajaba corriendo por la baranda y llegaba muy rápido hasta el primer piso, abría desesperadamente la puerta principal y salía corriendo a través del césped perfumado que rodeaba la casa; daba volteretas, saltos y respiraba profundamente la pureza del aire en cada movimiento. Eran los instantes que más ansiaba y generaban una fría catarsis en su alma y un lavado de su cuerpo y de su mente.

Por entre la hierba, ella bailaba con el viento, corría con el sol y se elevaba poco a poco con la brisa, hasta llegar a una nube, en donde siempre descansaba unos segundos para luego saltar entre el hielo y correr a través de la gran meseta de algodón. Abajo, desde un gran ventanal, su madre parecía hacerle adiós sin que Sole lo advirtiera; su mano albina se reflejaba en el velo con cada movimiento y su mirada, siempre apuntando a su hija, la seguía a todas partes, no parpadeaba, sólo amaba.

Un día de verano el sol salió muy temprano, sin ninguna nube que lo ocultara. Al despertar, Sole se puso muy triste; no podría chapotear en el rocío de las nubes ni sentir el frescor del frío. Salió de su casa, tal como lo hacía diariamente, pero esta vez recibió una bofetada de viento cálido y hediondo que la tumbó en el prado y la hizo gritar tan fuerte que despertó a su familia.

Su madre bajó corriendo por la inmaculada escalera y cuando llegó, comenzó a sollozar eternamente junto al yaciente cuerpo de su hija. No la había visto tan cerca en años, pero la reconoció; estaba ya muy mayor, encorvada, con muchas arrugas y la cara demacrada por una tristeza enorme.

Sole abrió los párpados por un momento y vio un rostro bello iluminado por dos ojos turquesas y enmarcado por cabellos acanelados. Le acariciaba la mejilla, mientras que a lo lejos se distinguía un aristócrata serio de ojos pardos. Lagrimas inundaron sus ojos y una sonrisa le llenó la cara.

Pronto aparecieron nubes y su padre la cargó en brazos. Sole reaccionó, se prendió del cuello de su procreador y lo llenó de besos. Atrás, su madre la miraba dulcemente sin inmutarse y Sole lloraba desconsolada ante tanta devoción.

Caminaron en procesión lentamente por la pradera, cruzando en su recorrido cipreses y montes, los Alpes y los Andes, hasta llegar al horizonte y comenzaron a elevarse. Ascendieron lentamente hasta la nube más alta, ahí donde los pueblos se hacen hormigas y el cielo tu amigo; la recostaron, la acomodaron, la dejaron durmiendo y se marcharon. Nunca más regresaron y nadie volvió a saber de ella.


Dicen las buenas lenguas que mucho tiempo después, Soledad despertó y dominó las nubes; se volvió ama y diosa de ellas, y desde entonces siempre toman formas dulces y tiernas que acompañan a todo el que las ve. Mencionan también que más allá de las nubes, por encima del cielo, su padre Obolo y su madre Bondad la iluminan desde siempre y para toda la eternidad, agitando sus manos desde un gran ventanal. Por eso, cuando veas una nube, sólo piensa en Sole, que siempre estará ahí para hacerte compañía cuando la extrema soledad te invada y nadie esté para acompañarte...

JC Magot 2004

lunes, febrero 23, 2004

El molino de Fisterra

Hace mucho tiempo, al este de la bella campiña andina, entre el ganado, los coloridos prados y los sembríos, se levantaba el majestuoso Molino de Fisterra, conocido por ser el más grande de los Andes y por estar incrustado en el ala derecha de la hacienda de los Ancco, grandes señorones que administraban y dirigían las duras actividades diurnas de la renombrada trituradora.

Ellos vivían cómodamente en las faldas andinas, en su vasta y limpia hacienda, entre grandes pastos, majestuosos árboles, llamas y vicuñas de categoría, casonas de blanco sillar, acogedoras casas de adobe y paja, diminutos caminos de tierra y extensas carreteras, inmensos cultivos de diversos tipos de papa, maíz y trigo, y enmarcados en un impecable y fresco cielo serrano.

En ese tiempo la enorme finca no estaba abandonada como la vieron mis ojos ayer. En ella, Pedro siempre se hacía respetar sobre su caballo. Sus hijos Ramón, Luis, Daniel y Guillermo le ayudaban en todas las actividades agrícolas, y la niña Sole corría descalza, persiguiendo alacranes entre gotas de rocío, siluetas de las piedras y mugre de terrones. Se podían apreciar también, a lo lejos, diminutos campesinos trabajando animosamente la tierra y los cultivos del latifundio, y algunos pastores resguardando y jugueteando con los vacunos, bovinos y auquénidos.

En los días de molienda, Pedro siempre despertaba de madrugada a sus hijos, a los campesinos y a su hija para una ardua faena y los congregaba en el verde y liso césped frente a la hacienda, al otro lado del río, para una divertida charla y el empuje de rigor. Recuerdo un verano en el que le tocó despabilar a Adelaida, hija de su olvidada hermana Herminia, apodada “la Gata” por tener unos preciosos ojos que alumbraban las oscuras noches de vela y que estaba de visita por tres meses en la majestuosa hacienda sureña.

Toda la familia se exaltaba al oír la vociferación del jefe. Los hermanos mayores se apuraban y cruzaban para entrar a los lavabos. Les acompañaba un preocupado Guillermo quien se dejaba jabonar bajo tutela de Luis, su hermano mayor. Rápidamente se sentaban y secaban todos con una gran toalla, mientras Ramón limpiaba y enrojecía las orejas de Guille; luego, se vestían ágilmente con un ropaje campestre muy homogéneo.

Adelaida, La Gata, se demoró esa vez en asearse: arribó tarde. Como Pedro ya había dado las primeras órdenes, se sintió mal, empezó a llorar arrodillada en una piedra cercana al río, y maldijo muy fuerte al prado con una gran roca en ambas manos.

Pedro, con barrote en mano la miró delirar, se sintió culpable y cedió. Suspendió temporalmente la reunión para acercarse donde su exaltada sobrina y le replicó:
–¿Qué hace usted, sobrina? ¡Apúrese que no tenemos tiempo!

La Gata no tuvo respuesta, sólo sollozaba estruendosamente y emitía tristes lágrimas desde sus grandes ojos rojos, que sorprendían y enmudecían a toda la multitud congregada. Pedro la abrazó, la tranquilizó, la llevó cerca a sus primos y la juntó con Sole, quien se quedó sorprendida y asustada al ver de cerca la transformación de los transparente luceros de su prima. Enseguida, el patrón continuó con el apologético discurso y anunció la asignación de tareas - las más flexibles y fáciles para las tres mujeres congregadas: su hija Sole, Fernanda “la Pastorcita” y Adelaida. Ellas se encargarían de revisar las piezas de cada uno de los molinos y los suministros de trigo durante todo el proceso. Pedro, astutamente, asignó un molino a cada frágil señorita y aparte, a Fernanda se le dio la difícil misión de sobresanar el trigo sobrante, lo cual ella aceptó agradecida y honrada, respaldada por su padre, Raymundo.

El trajín empezó pronto con el drenaje del agua. Luis y Daniel abrieron sincronizadamente los canales, mientras que los demás trataban de empujar las piedras. Ramón y Guille se empeñaban en girar la yucera, pero necesitaban un barrote más y Pedro acudió en su ayuda. Entre los tres dieron las primeras vueltas al molino y acompasadamente con la fuerza del agua vieron, excitados, cómo cedía y giraba. Ramón introducía el trigo por el cono izquierdo, Luis controlaba el movimiento de las enormes piedras y Guille recibía la harina por un canalillo de fierro. La Gata los miraba y oía muy callada, con unos ojos atentos, sin parpadear, y unas orejas inmensas, puntiagudas.

En el segundo molino las cosas no avanzaban tan bien. Raymundo perdió el control sobre éste que giraba más rápido de lo usual. Se empeñaba en pararlo, y corrió por los barrotes de madera y fierro, los colocó entre los huecos de la gran piedra, pero sólo logró parte de su objetivo. Trató entonces de frenarla con la mano, pero el roce adormeció sus dedos y él los agitó fuertemente para revivirlos. Lanzó entonces, junto con Fernanda, un despavorido alarido pidiendo ayuda a los hermanos del molino adjunto.

Arribó Daniel enseguida y les aconsejó introducir mucho trigo para saturar las piedras. La experiencia afirmó que Dani estaba en lo cierto y el potente granito empezó a parar lentamente hasta dejar de funcionar. Cuando hubo parado del todo, se esmeraron en retirar el excesivo trigo para comenzar de nuevo con la coordinada tarea.

Enmarcado por blancas columnas y un sol naranja, el tercer molino avanzaba muy despacio, trigo por trigo. Cuando Pedro vio la escena, acudió ante ellos y les mostró su gran experiencia. Los novatos lugareños no captaron las sabias y rápidas lecciones del maestro y continuaron con su lenta producción, a desespero del paisa. Les repitió las técnicas y recalcaba que debían tratar las piedras de forma cariñosa, una especie de engargolar las rocas suavemente y sentir la magia del crujido de los cereales dentro del corazón. Avanzaron lánguidamente y fueron los últimos en terminar, después de doce horas seguidas de machacamiento.


Más tarde, la única que trabajaba y sobresanaba el trigo era Fernanda ayudada por su padre, mientras que, después de la cena, baño y relajamiento en el río, los hermanos Ancco se reunían en la terraza de columnas blancas, tejas y enredaderas floreadas del segundo piso de la casona principal. Ahí jugaban siempre al dominó, alimentados por pan y chicha, apostando alpacas y llamas, tranquilos, distendidos. Cada cierto tiempo, Sole se sentaba en la baranda, con sus delgados y finos brazos entre dos columnas, los pies en el aire y observaba la puesta del sol entre los cerros y la campiña, abrazada cada vez más de los fríos pilares; inolvidable paisaje que la hacían sentir viva y admirar el pasar del tiempo en la maravillosa sierra andina. Se inspiraba y pensaba mucho junto al campo, era su pasión, su anhelo, su existencia.

JC Magot 2004

martes, agosto 05, 2003

¡Peligro de invasión en Camelot!

Arturo llegó apresurado y muy preocupado; cabalgaba luego de una larga vigilia por Camelot; había hablado largamente con sus guardianes en las postas norteñas y la situación no era favorable. Se aprestaba a ingresar al castillo cuando, desde afuera, convocó con un gritó una reunión de emergencia en la mesa redonda.

Quince minutos más tarde se congregaron en el salón principal Percival, Bors, Galahad, Lancelot y Arturo; los otros caballeros estaban en peligrosas misiones por alguna región de Inglaterra, en busca de alianzas para la expansión del reino de Camelot.

Percival comenzó la charla con preguntas temerosas sobre qué era lo que sucedía o dónde estaba la reina. Arturo lo mandó callar en un instante. Bors y Galahad se sentaron raudos sin pronunciar palabra. Lancelot comenzaba a pararse y conferenciar cuando Arturo dijo: “Se acerca un ejercito de cinco mil hombres por el norte y uno similar por el oeste.”

La mesa comenzó a girar muy fuerte, los cinco personajes se miraron muchas veces y no supieron que hacer ni que decir, se les heló la sangre por un segundo mientras la mesa se elevaba mágicamente. Intervino Galahad y anunció que debería traer refuerzos del pueblo y villas vecinas; sin pensar, hizo caso omiso a la autoridad y órdenes de Arturo y salió muy rápido de la corte, montó su caballo y mandó abrir la puerta levadiza del castillo.

Arturo, enojado con la improvisación de Galahad, buscó asesoramiento y esperó los consejos de su corte. Lancelot recomendó establecer una estrategia diplomática para ganar tiempo y poder reclutar gente; Percival advirtió, asustado, una huída a Borgoña; Bors, no participó en esa primera discusión, permanecía callado y reflexionaba buscando una posible solución.

Las fuertes palabras y discusión estremecieron las fornidas paredes del amplio salón inglés; Percival y Lancelot ya se encontraban parados uno frente al otro, mientras Arturo y Bors los observaban cautelosamente desde sus grandes y cómodas sillas de madera con cojines de terciopelo azul. Los disímiles puntos de vista, el afán guerrero de uno y la cobarde coherencia del otro no parecían cruzarse en ningún momento, debería existir un tercer punto de vista; Arturo se dio cuenta que esa era la tarea del líder.

Analizó las posibilidades existentes hasta ese momento y se preocupó del silencio de Bors y la exaltación de sus hombres. Se paró, caminó despacio hasta ubicarse en medio de los dos y dijo: “Huiremos. Lo que ellos quieren es mi espada y mi tesoro; regresaremos con una armada dispuesta a reconquistar y sobrevivir en Camelot”. Bors asintió inmediatamente y agregó: “Cargar el tesoro en la carreta occidental es fácil y podemos escondernos en Reading hasta que podamos juntar un ejército aceptable.”

Bors desenvainó inmediatamente un plano de su abrigo y remarcó: “Observen éste plano, llegamos mañana por la noche a Reading, nos alojamos en Knightbridge y podemos empezar a reclutar personas en Londres”.

Arturo se quedó maravillado con el plan de Bors y lo aceptó contundentemente; el rostro de Percival sonrió por un momento y Lancelot se retiró con una silenciosa mirada que penetraban maliciosamente en los ojos de Percival.


En ese momento, Galahad regresó en esposas bajo tutela de la reina y tres guardias de seguridad y emprendieron todos el camino hacia sus alcobas para consolidar el plan y huir a Reading.

JC Magot 2003

miércoles, julio 30, 2003

Waylash desapareció

Waylash no había regresado y la tormenta azotaba con fuerza por todo el boscaje y las montañas hasta introducirse vertiginosamente por la boca de la caverna. Partió muy temprano en busca de comida; le dio un beso en la frente a cada una de sus mujeres y niños y prometió regresar por la noche con dos venados y un león.

Ya era muy de noche, Waylash seguía sin aparecer y los niños lloraban al escuchar las explosiones de los truenos y relámpagos; las mujeres trataban de recoger el agua de las lluvias en grandes vasijas de cerámica, pero cada vez que llegaban al exterior de la cueva salían espantadas por el aterrador sonido que emitía la madre naturaleza. Siempre ocurría lo mismo en época de lluvias y tormentas, pero era Waylash quien se encargaba de enfrentarse al temporal y acumular el agua. En esa noche de tromba, las mujeres y niños se miraban unos a otros, con los rostros enrojecidos por la brasa de la fogata, desvelados por el estruendoso ruido e inquietos por la incertidumbre del paradero de su ser querido y el bamboleo de su futuro.

Estaban todos congregados en la cueva principal, un espacio redondo y amplio donde siempre encendían una gran fogata que abrigaba tiernamente a la familia. Alrededor de la tribu, las paredes de la covacha formaban un gran cono despuntado y se conservaban, tiznadas por la hoguera, rayadas por la desesperación, pintadas por los niños, muy sucias. Esa noche la horda asediaba al fuego, se tomaban de las manos y emitían ruidos que evocaban a los dioses en busca de un poco de calma y consuelo.

En la vivienda existían dos pequeños pasadizos colindando con la cueva principal: uno muy frío a la izquierda donde se almacenaban vegetales y animales muertos cubiertos con sal; otro a la derecha, lleno de ropaje elaborado con piel de diversos animales, lanzas de madera y piedra, chancletas de tripa de venado, vasijas de adobe e instrumentos diversos de madera, piedra y adobe creados por Waylash. En ese espacio era costumbre de Wayna dormitar y pensar en su esposo hasta que empezaba a sudar en la madrugada, achicharrada por el calor de la eterna e incandescente brasa.

Al día siguiente, todos se despertaron iluminados por la potente luz del sol y refrescados por una suave ventisca matutina. Waylash no estaba. Lloraron, se desesperaron, agitaron piedras y rocas y las lanzaron contra los muros; corrían en círculos como locos, saltaban sobre sus piernas, maldecían al cielo y agitaban la cabeza. No sabían qué hacer, todos dependían de él; nunca se habían enfrentado a la situación de vivir sin su protección.

Unas horas más tarde, los más astutos dejaron el berrinche y se embebieron con preocupación en el análisis de los extraños instrumentos y armas que había construido su dómine. Encontraron lanzas ordenadas por longitud, recostadas sobre la oscuridad y la aspereza del granito, hondas en canastas, piedras talladas de varios tamaños, armas de madera que parecían espadas, arcos y flechas rústicos elaborados con tendones de caballo, escudos de piel de rinoceronte y otros objetos más que no entendieron. Trataron de llamar a sus compañeros que seguían berreando en el bosque, pero no les hicieron caso; comenzaron a reclutar niños.

Los pequeños no se dieron cuenta de lo que ocurría y vieron los objetos como juguetes; enseguida cubrieron sus frentes y cabezas con las hondas y revolotearon por la cueva haciendo competiciones de espadachines con los sables de madera y jugando a golpear piedras con las lanzas; en un intermedio se rieron como hienas con los sonidos producidos por el rechinar de cada ligamento de los arcos y el excitante eco que producían en la caverna. El júbilo contagió a los mayores y tres horas más tarde cada uno poseía una lanza y una honda en la cabeza y toda la tribu jugaba y se peleaba por empujar una piedrita por todos los rincones de la cueva, entre las cenizas del fuego, los ropajes de Waylash, la sal y el tasajo.

Uno de los niños, cansado de tanto jolgorio, extrajo los tendones de cada uno de los arcos y los colocó alineados, uno tras otro, formando una pequeña y rústica arpa. Cuando comenzó a tocarla todos los saltimbanquis se callaron e inmovilizaron en el acto; los mágicos sonidos del instrumento hicieron llorar a las mujeres y pasmaron a los hombres y niños, dejándolos fascinados y extasiados, sin parpadear.

El trovador siguió tocando, con los ojos cerrados, melodías que vivían en su pequeña cabeza. Estaba recostado sobre una hendidura en lo alto de la cueva y tuvo a un público muy atento durante varios minutos sin que él se diera cuenta. Cuando abrió los ojos se avergonzó y dejó caer el arpa sobre el rocoso suelo, expirando una última nota. Toda la tribu se lanzó sobre el instrumento y el primero que lo cogió fue el hermano de Waylash, Wawaki, pero fue abatido por su mujer, por su cuñado y por sus nietos y el instrumento se destruyó rápidamente entre las peleas. Nadie se preocupó del arpa después de la gresca excepto el trovador quien, muy apenado, trató de reconstruirla pero las maderas y tendones se encontraban en muy mal estado y emitían un sonido similar a un concierto de ovejas asustadas.

Pasó una semana y en la fría cueva se respiraba un olor nauseabundo; la carne se había convertido en huesos, los vegetales estaban negros y muchos insectos merodeaban por su merienda favorita. Todos permanecían muy callados y sombríos y nadie se atrevía a organizarse. Dormían, comían y bebían; no hacían nada más, salvo Pawni, que era el único que salía y entraba de la cueva con una sonrisa radiante de oreja a oreja. Travieso y muy hábil, fue el que construyó y tocó el arpa y durante esa semana fue el único que se dedicó a estudiar los instrumentos de su tío Waylash y explorar la región.

A las dos semanas los hombres comenzaron a comer las arañas, moscas, grillos y caracoles que merodeaban en la cueva, encima de los restos de comida y la propia mugre de la tribu; las mujeres optaron por masticar hojas de parra y mala hierba; los niños seguían a sus respectivas madres pero no se comían las hojas, sino tomaban la leche de las plantas.

Pawni era diferente a los otros niños: no tenía madre, gozaba de independencia, se rehusaba a beber el dulce látex y se despertaba muy temprano, sin que nadie se diera cuenta; tomaba tres lanzas, dos anzuelos y una cacerola de adobe que amarraba con una soga a su cuerpo y corría por el bosque y las montañas hasta llegar a las orillas de un río. Muchas horas permaneció con el anzuelo dentro del agua hasta que entendió que debería ponerle algo para atraer a los peces. Intentó con hojas, caracoles, terrones, piedras hasta que pescó una enorme trucha cuando puso una oruga verde y pegajosa. Nadie podía creerlo cuando llegó Pawni a la cueva arrastrando una trucha que doblaba su tamaño y peso y que tenía una lanza atravesada entre los ojos; los hombres otra vez se abalanzaron sobre él como cuando dejó de tocar el arpa, y devoraron la trucha como pirañas; en segundos sólo quedó el espinazo.

Nadie le preguntó de dónde había salido tan contundente pescado, sólo comieron y se fueron a dormir. En ese momento, Pawni, se dio cuenta del poder que tenía y trató de congregar a las mujeres y niños para pescar y cazar. Les enseñó a las mujeres la magia del anzuelo con gusanos y a los niños el arte de la velocidad de los conejos y las lanzas.

Días después comprobó con orgullo que las mujeres pescaban por montones y que los niños, jugando, habían cazado docenas de conejos y hasta un venado. Comenzó entonces a pensar en mejores formas de aprovechar la caverna, el bosque y el río; ideó la futura construcción de una barca, una casa vigía en un árbol; concibió la rueda y el transporte terrestre.

Al poco tiempo era él quien llevaba a la tribu y trataba de sacarla adelante, seguido fielmente por todos los otros niños y algunas mujeres. Los hombres, reacios y flojos, sólo esperaban la cena, amodorrados en la oscuridad de la cueva, quejándose de las pegajosas moscas y absorbidos en su fetidez.



Waylash nunca regresó, nadie supo lo que le sucedió, excepto Pawni, quien por esas épocas notó la desesperación, sufrimiento y cansancio que debió tener su tío y también cobijó el deseo de irse muy lejos y no regresar..., pero no lo haría todavía; su misión estaba aún entre los suyos.

JC Magot 2003

sábado, junio 07, 2003

Nicolás y el Instituto de Unión con la Nada - Historia paralela a “La casa de los espíritus" de Isabel Allende

...Nicolás llegó a Norteamérica una cálida noche de viernes; no llevaba ni un pelo en todo el cuerpo, ni el tan usado taparrabos, ni una mínima expresión de vergüenza; al salir y saludar por la escotilla del avión, sólo llevaba puesto un poncho naranja de algodón y un par de sandalias negras de los Andes.

En el aeropuerto lo esperaban un grupo de seguidores internacionales de Om agarrados de las manos, vistiendo pantaloncillos indecentes y caminado apaciblemente ante la exasperación del público local. Nicolás no llevó equipaje, todo lo había donado para la Comunidad Indígena de la Sierra, excepto sus zapatillas de atleta, que fueron a parar en los pies de uno de los carabineros que lo cuido mientras estuvo detenido.

Al transitar por el aeropuerto de Los Angeles llamaron la atención de todos los viajeros al tomarse de las manos, entonar cantos gregorianos y agitar fuertemente un enorme letrero que fomentaba la unión con la nada. Caminaron mucho por la ciudad californiana hasta llegar a una casa cercana a la playa; Nicolás no perdió el tiempo y comenzó a predicar apenas llegó; sus sermones en inglés dieron frutos más rápido de lo que él mismo se imaginó: al mes ya tenía más de cincuenta inscritos, todos pelados, en pelotas y agarrados de las manos.

Organizó eventos deportivos ingeniosos y barbacoas vegetarianas que causaron sensación entre los americanos; pronto, los gringos corrían saltando por el jardín, jugaban al tenis con las manos, al ping pong en la mesa redonda del comedor, al fútbol en la sala y a las piruetas en las camas. La gran casa californiana se convirtió en un jolgorio de prédica; compró un búfalo, lo pintó de azul, rojo y blanco, teniendo especial cuidado en las estrellitas y lo liberó en medio de ciudad; terminó haciendo declaraciones al zoológico local y a la Sociedad Protectora de Animales. Poco a poco la casa se fue ampliando, decorando y sobre poblando hasta que tuvieron que comprar la casa vecina, una que albergaba réplicas de estatuas griegas desabrigadas y una piscina celestial en forma de baños romanos.

Nicolás construyó, en la sección oriental de la alberca, un majestuoso altar blanco de mármol; y sus seguidores tallaron, junto al retablo, una enorme estatua de su maestro desnudo con los brazos en cruz y con los miembros exagerados en señal de poder, tal como lo habían visto el día de la revolución frente al Congreso. Pronto, el mentor daba sermones desde su nuevo altar, vestido con un poncho blanco, lentes oscuros y tatuajes por todo el cuerpo, a todos los integrantes de su secta que desnudos, rezaban salmos en la piscina romana.

El guía decidió un día apagar la bomba del agua del estanque y en una semana éste se llenó de una viscosidad y espesor que originó una filmina negra en la superficie del agua, algas en el fondo y hongos marinos en las orillas. Los defensores de la nada podían pasar todo el día adorando a Om y a Nicolás en el agua negra, con el cuerpo arrugado, tiritando de frío y contaminándose. Se bañaban y lavaban unos a otros con la porquería, refregándose las algas y los hongos en las axilas, las espaldas y las manos.

Meses después la mayoría de integrantes tenían unas ronchas rojas tan grandes que cubrían sus blancos cuerpos de pies a cabeza, y no se cansaban de rascarse el cuello, la espalda, la barriga, las piernas y las bolas. Pronto Nicolás se dio cuenta de la evolución del Instituto y le cambió de nombre a IDUNEA: Instituto de Unión con la Nada y el Agua. Comenzaron entonces las adoraciones al líquido universal, principal fuente de vida de la que había provisto Om para el ser humano y a la cual le debían la vida y existencia.

En los años que siguieron, Nicolás se enfrascó en una investigación científica sobre las propiedades elementales y curativas del agua, tal como lo había visto en el Ganges y el Río Sagrado; se entusiasmó con la idea de sanar enfermos con el agua bendita de su piscina contaminada y preparó una pócima con todo lo que pudo; le vació todos los elementos y minerales que recomendaban los chamanes andinos e hindúes es sus libros; le esparció aceptil rojo, tierra naranja de Arizona, vino español, maca andina, orina de búfalo y huevos de codorniz. Después de días de mezclas, el espeso aguaje comenzó a tomar forma y quedó listo para recibir sus ansiosas visitas.

Se formaron colas de enfermos por toda la lujosa avenida de Beverly Hills y hasta una prestigiosa cadena de televisión lo entrevistó en directo, bañándose salomónicamente en su piscina de agua marrón; en dos días se formó un escándalo tal que Nicolás tuvo que contratar seguridad privada para custodiar a los enfermos e implantar un sistema de vigilancia al ingreso de la mansión.

Llegaron pacientes infectados y sanos de todas partes de los Estados Unidos y del mundo, para mejorarse bajo las manos salvadores del Hijo de Om; algunos se curaron milagrosamente, algunos no, pero después de dos años Nicolás había acumulado más de tres mil acusaciones por estafa y perjuicios que lo recluyeron en la clandestinidad y lo convirtieron en el hombre más buscado por la policía de los cincuenta estados y la Interpol; su rostro apareció en los cartones de leche, jugos de naranja y cereales de bebés de todo el continente; tuvo que dejar la ciudad de los ricos y famosos y salir por la puerta falsa mexicana, desnudo, pero con un gran maletín de dinero.

Durante ese tiempo, Nicolás sólo mantenía comunicación con su hermana Blanca y se enteraba de la situación en su país por la televisión. Fue ella quién lo recibió en aeropuerto, y no los fanáticos adoradores de la nada. Llegó bien vestido, con el pelo largo y rubio, lentes falsos a la medida y bajo el nombre de Peter Cash; al principio, su hermana no lo reconoció pero luego lo llenó de besos y abrazos.

El Hijo de la Nada vivió mucho tiempo más, inmerso en la furtividad, con una fortuna acumulada que no pudo disfrutar y recluido en una de las habitaciones laberínticas construidas por su madre en la parte trasera de la gran casa de la esquina. Desde ese momento su hermana se encargó de su cuidado y manutención, tal como hacía con su vecino de celda, Pedro García Tercero.


JC Magot 2003

domingo, mayo 18, 2003

Pasqua MMIII: Suiza (2da parte)

Agotado de tanto caminar por Roma, decidí revisar mi correo electrónico. Observé, con interés, un correo nocturno de mi madre comentándome que había entablado conversación con su querida tía Elsa desde la lejana Suiza, y me dejaba notar que ella estaba muy entusiasmada en una visita mía. Al día siguiente me comuniqué con ella y su esposo quienes me invitaron gustosamente a pasar unos días en su casa.

El ofrecimiento no fue muy fácil de concretar, primero porque el portador de un pasaporte peruano necesita obligatoriamente un permiso oficial para entrar al exclusivo y aislado terruño suizo; y segundo, porque el pueblo donde viven mis parientes es uno muy pequeño, desconocido y de difícil acceso.

El primero de los problemas se debió principalmente a la falta de información de las embajadas peruana y suiza en Roma, dado que gracias a la residencia española yo no necesitaba el visado suizo; algo que me confirmó, después de varias visitas a las embajadas, una atenta trabajadora de la embajada suiza.

El segundo problema lo resolvió el tío Peter, quien, muy amablemente, decidió conducir ida y vuelta desde Losone a Milán para recogerme desde la estación milanesa de Garibaldi.


Trayecto
La madrugada del sábado abandoné silenciosamente el Youth Station Hostel de Roma, despidiéndome muy afectuosamente de la simpática recepcionista y tomé rumbo, vía metro, a la Estación Tiburtina, dónde el bus ya me estaba esperando.

Sin darme cuenta dormí mucho en el camino, y cuando abrí los ojos fue para capturar el arribo a Siena. Desde el vehículo noté que ésta es una ciudad muy bonita pero descuidada. Estuve más de dos horas en el terminal, parado inmóvil mirando un antiguo, enrejado y horadado reloj, a la espera del bus con dirección Milán. Fue una gran pena y molestia que la estación y sus servicios estén tan descuidados y no operativos, en especial la consigna de maletas.

Llegué a Milán en la tarde del sábado y me recibió el tío Peter en la puerta del bus agitando una enorme fotografía de mi adolescencia. Inmediatamente nos saludamos, descansamos varios minutos y partimos rumbo a Losone.

El largo viaje en automóvil fue ameno, aunque algo frío y callado. Lo inesperado sucedió en la frontera suizo-italiana, dado que la cruzamos sin siquiera bajar la velocidad del vehículo, dejando a mi sudado pasaporte peruano y privilegiada tarjeta española sin el veredicto y sello suizo.


Losone
La tía Elsa y el tío Peter viven en un pueblo alpino llamado Losone, perteneciente a la Toscana suiza. Cerca de ellos, también se encuentra la placentera ciudad de Ascona, frente a la pintura que crea la combinación del Lago Maggiore y los Alpes Suizos.

La acogedora casa de la tía Elsa es una muy rústica y clásica, reconstruida sobre la base de lo que antiguamente era un gran establo campesino que albergaba numerosos animales. Es en sí, una fantástica casa de piedra “a dos aguas”, con un tejado de madera y dos pisos separados por colosales maderas, conectados por una rústica escalera externa.

La sublime vivienda alpina ha sido adaptada al nuevo siglo y cuenta, en medio de la campiña alpina, con todas las comodidades que podrían existir en un hogar de una cosmopolita ciudad, incluyendo internet de alta velocidad. La cómoda habitación en la cual descansé dos noches es una ubicada en un escondido primer piso y donde, hace más de cien años, dormían, comían y mugían vacas europeas.


Recibimiento
Llegamos a Losone como a las ocho de la tarde, y la tía Elsa nos recibió muy afectuosamente, junto con un “Fondue”, cena típica de pueblos alpinos.

Tal como su nombre lo dice, el “Fondue” es una especie de queso líquido que se sirve en un tazón hirviendo y que se conserva caliente gracias a la flama de un mechero; el alimento se ingiere remojando pedazos de pan en el derretido lácteo y mezclándolos con pimienta y distintas salsas conexas.

Mientras cenábamos, en medio de la pascua y los Alpes, charlábamos sobre la familia, los recuerdos, política y el Perú. Un problema inicial, fácilmente solucionado, fue que el idioma, dado que la tía Elsa sólo habla español y alemán, el tío Peter inglés y alemán y yo español e inglés, por lo que no había un lenguaje común entre los tres. En esa cena festiva interactuamos mucho, y cada uno debió exponer su punto en dos idiomas para incrementar la claridad en la comunicación.

La tía Elsa me contó de épocas pasadas y su vida en Lima, así como también los recuerdos de la visita de mi madre, hace más de treinta años, la cuál llegó a Suiza en “auto-stop” desde Madrid, abrigada por un poncho, una ligera minifalda y un par de botas y cargando sólo una pequeña mochila. Me transmitió también su gran preocupación por el Perú y su lejana familia. El tío Peter me mostró costumbres suizas, distintas experiencias en Europa y su afán por los perros, en especial Bodo, su querido y muy amado can.

Yo relaté mi odisea hasta llegar a Milán, los avances y novedades del Perú, las nuevas incorporaciones familiares mis experiencias en USA y mi vida en Madrid.

Después del la exquisita cena, ya muy tarde, nos quedamos jugando con Bodo, probando distintas clases de queso, viendo fotos y charlando un buen rato hasta que el cansancio italiano terminó por llevarme dormitando a mi cama. Al llegar a mi habitación, encontré en la mesa de noche una bolsa con 700 gramos de apetecibles chocolates suizos, los cuales no terminé de ingerir hasta unos días después de mi retorno a Madrid.


Alpes
La madrugada siguiente fui despertado por el tío Peter, llamándome para tomar el desayuno y partir rumbo a la cima de los cerros. Inmediatamente me duché y vestí ligeramente, incluyendo mis grandes botas de “trekking” y un cómodo pantalón.

El tío Peter condujo su automóvil hasta una zona del bosque muy pintoresca dónde se encontraban muchas familias y niños de picnic. Desde ese punto, el tío, Bodo y yo, comenzamos a caminar entre los bosques de pinos y castañas, escalando, sin darnos cuenta, los montes alpinos.

Poco a poco, el terreno se fue volcando pedroso, pero los árboles no nos abandonaban. Pasamos por una zona muy extraña, en dónde muchos árboles pierden su independencia silvestre y se acomodan, uno junto al otro, formando un círculo perfecto alrededor de una llana explanada.

Nos acercamos al centro de la circunferencia y percibimos un fuerte olor a quemado, junto con muchas piedras y cenizas. El tío Peter me contó míticas leyendas de rituales desarrollados en ese peculiar paraje.

Desde la cima del primer monte escalado, la vista es fascinante. Se puede contemplar, a lo lejos, una blanca y limpia barcaza navegando serenamente por el lago. Las bellas montañas verdes sostienen al azul embalse, que se mezcla con la vegetación y las rústicas cabañas suizas, creando una imagen clásica de Suiza, la cual ha sido plasmada innumerables veces por niños en dibujos escolares.

Continuamos nuestra marcha al segundo monte y nos encontramos muchas figuras abstractas hechas de piedra. En un primer momento pensé que estábamos en un cementerio, pero descubrí que sólo eran figuras hechas por moradores locales. En ese momento, seleccioné grandes piedras y traté de construir una efigie. Después de quince minutos, el tío y yo habíamos desarrollado una aceptable construcción sostenida increíblemente por la ley de la gravedad. Le tomé una foto, dado que los vientos la destruirían pronto, y continuamos la escalada.

En el segundo monte se respira un fresco aire que nos despeina y premia por tan memorable hazaña. El panorama es ahora más amplio y puro, mostrándonos frondosos boscajes, enormes casas, alpinas cabañas y blancas mansiones que se mezclan con los verdes pinos, el amplio cielo y las escasas nubes.


Ascona
El tiempo pasó raudamente por lo que tuvimos que bajar hasta el poblado campestre y regresar a Losone, en dónde nos bañamos y cambiamos para el almuerzo en Ascona.

Ascona es un pueblo más grande que Losone, por lo que tiene más comercios, restaurantes y muchedumbre, aparte de un encanto especial, al estar ubicada en las orillas suizas del fastuoso Lago Maggiore.

El auto lo estacionamos en el consultorio de tío Peter, en las afueras del pueblo. Lo más extraño de la construcción médica es el estacionamiento, dado que para aparcar el vehículo es necesario acomodarlo en un elevador inmenso que se encarga de bajarlo a un subterráneo, en dónde sólo hay cabida para cuatro vehículos. Es insólito ver tan gran inversión realizada para tan poco beneficio.

Al salir del garaje, el sol nos alumbra nuevamente, al igual que las flores de los jardines vecinos, lideradas por preciosos tulipanes amarillos que nos guían hasta el malecón asconiano. Es imposible no ver ni fijarse en tan colosales flores, las cuales transmiten mucha felicidad y limpieza.


Malecón
El malecón de Ascona fue una sorpresa muy grata. El paisaje es único, comprendiendo principalmente al Lago Maggiore en su mejor ángulo, perdiéndose en el horizonte. Lo flanquean los Alpes, muy verdes y nevados, con grandes edificaciones clásicas en sus faldas, con muelles en el limpio lago, con blancos yates flotando en el embalse.

Caminar por el malecón es perderse por horas entre el limpio viento, la tranquila multitud y las ilusiones ópticas. Me senté un momento en una banca, mojándome del lago, cegándome del viento, quemándome por el sol, pero sintiendo la belleza cerca de mí.

Me interrumpió un travieso mimo que jugaba con la gente y los niños. El mimo no pedía limosna, sólo se divertía y entretenía a los demás. Jugaba con paraguas, sogas, disfraces y parodias. La gente lo alentaba y se distraía con él.


Restaurante
Entramos al restaurante con Bodo en brazos y luego lo colocamos debajo de nuestra mesa. Ordenamos pasta y conversamos sobre Suiza y la Unión Europea. Por supuesto que yo me coloqué en la ventana junto a la vista del inspirador lago.

Luego caminamos por el Malecón y las diminutas calles de Ascona, escuchando bandas callejeras de jazz y blues congregar una gran multitud de oyentes. Transitar por Ascona es la irrealidad llevada a la realidad, es una fantasía convertida en verdad, es el mito hecho presencia.

Caminamos de nuevo por la ruta de los tulipanes, hasta el consultorio, hasta Losone, hasta la cabaña de los tíos, hasta mi habitación, hasta mis sueños. Quedé rendido en mi cama pero encantado y agradecido de tan inusitada visita. Por la tarde, después de una siesta, salimos a pasear con Bodo por Losone, tocando las medievales construcciones y observando, por una vez más los esplendorosos Alpes.


Regreso a Milán
Al día siguiente también nos levantamos muy temprano para regresar a Milán. Antes de partir, la tía Elsa me guardó una gran sorpresa. Esta fue un cuadro que pintó mi madre en sus épocas universitarias y se lo obsequió a ella hace mucho tiempo. Lo vi por mucho tiempo y le tomé varias fotos. Luego, el tío Peter me llevó por una carretera inusual, al otro extremo del lago, para poder captar el cuadro desde otro ángulo. Fue un recorrido interesante y bonito.

Milán
Al llegar a Milán, nos despedimos y seguimos nuestro camino. Él regresó a su vida alpina junto a la tía Elsa, y yo me apresuré en guardar mis bultos para conocer las principales atracciones de Milán, antes del regreso a Madrid.

Al recorrer Milano me di cuenta de las pocas atracciones que tiene en comparación de sus archirivales romanos. Visité el Duomo, el Castello Sforza, varias plazas e iglesias.
Duomo
El inconcluso Duomo se levanta al costado de una gran plaza milanesa. La gran iglesia es una muy grande e imponente, pero me decepcionó mucho.

La plaza colindante es una muy grande y amplia, en dónde se congrega una turba muy grande de gente incluyendo mendigos, turistas y vendedores de globos, postales y otros objetos. La gente estaba algo atareada, impaciente y violenta, por lo que me dio un poco de miedo, que me hizo cambiar de sitio mi billetera y guardar mi cámara en su estuche.

El Duomo es en sí una iglesia en plena construcción y en el momento que estuve, toda la fachada estaba cubierta con un lienzo blanco, por lo que era imposible apreciarlo en su plenitud. Di varias vueltas y pude tomar fotos de la talladísima construcción desde la sección posterior. Después entré, y comprobé que la única diferencia con otra iglesia eran los grandes y coloridos vitrales.

Caminé luego por un precioso callejón ubicado muy cerca a la iglesia. En esa callecita existen muchos cafés y comercios enmarcados por una soberbia y tallada arquitectura y un techo espléndido.

Castello Sforza
Después del Duomo, visité varias plazas al azar ubicadas en distintas salidas de las estaciones del metro. Llegué al monasterio de Santa Maria delle Grazie, en dónde se encuentra “La última cena” de Leonardo, pero no me dejaron entrar, pues se necesitaba reserva anticipada. Decidí, entonces, ir al Castillo Sforza.

Al llegar al imponente castillo, observé mucha gente en los alrededores. La mencionada fortaleza es la analogía milanesa del Coliseo Romano, pero muy inferior. La infraestructura del castillo deja mucho que desear, por lo que decidí ingresar a visitar los innumerables museos del interior.

Lo más resaltante de las exposiciones internas fueron las pinturas y estatuas de mármol, incluyendo la “Piedad Inconclusa“ de Miguel Ángel. Esa obra fue una de las últimas obras del genio y pude analizar claramente cómo desarrollaba, magistralmente, sus obras.


Regreso
El autobús partió de Milán a las siete de la tarde, y siguió ruta hacia Turín, en dónde paramos por una hora y pude llamar, entusiasmado, a mi hermano. Continuamos luego por la noche francesa hasta llegar a Barcelona.

Una de las últimas paradas fue en un autoservicio para viajeros en Lleida, construido magistralmente por encima de la carretera. Compré agua y un sándwich, y me instalé por un momento en medio del puente, por encima de la carretera, viendo y contando a los vehículos pasar por debajo de los cristales.

En ese momento percibí al tiempo pasar, a la distancia acercarse, a la inmensidad reducirse y a la vida emerger, representados en un ligera lágrima que endulzó mi bebida. Pronto me llamaron, y me fui.


JC Magot 2003

lunes, mayo 05, 2003

Pasqua MMIII: Roma

Me acabo de despertar después de dormir 24 horas seguidas, casi en agonía, producto del agotador viaje que hice por Semana Santa. En este momento, más descansado y sentado frente al monitor, me doy cuenta que esta ha sido una de mis mejores experiencias por lo que quería compartirla con ustedes.

Para ésta ocasión, lo que quería era salir de mi rutina, mi saturación y mi monotonía madrileña para inmiscuirme en una aventura diferente, por lo que fue un viaje desorganizado y mal planificado. Al final, el resultado fue una extraordinaria experiencia de la que traje muchos recuerdos y fotografías tangibles e intangibles que llevaré siempre conmigo.

Trayecto
Un famoso y milenario dicho nos anuncia que “todos los caminos conducen hacia Roma”; quizás todavía sea cierto o quizás ya no, pero el camino que decidí tomar rumbo a la capital del Imperio Romano definitivamente no fue ni el más corto, ni el más usado.

Cuando terminé clases, el jueves once de abril, aún no tenía un destino seleccionado por lo que adquirí un boleto flexible de una línea de bus que me permitiría transportarme a cualquier parte de Europa por quince días. Comencé entonces a estudiar las ciudades más interesantes y elegí Roma y Bruselas por el azar de un dado. Inmediatamente hice la reserva para el viaje de ida Madrid-Roma y también para el alojamiento por tres días en un hostal romano para mochileros.

Me presenté, tal como lo señalaba la reserva, el domingo a las 7am en la estación sur de autobuses en Méndez Álvaro y me asignaron el aparcamiento número 59. Al llegar a la puerta de embarque fue mi sorpresa y preocupación lo que me hizo saltar internamente, dado que me encontré con grandes bultos y cientos de gitanos. Comencé a rondar el sitio y tratar de obtener información pero nadie me sabía responder, o nadie me entendía. Dos minutos después pude, aliviado, respirar de nuevo al ver que un autobús con destino a Bucarest se estacionaba en el espacio número 58.

Al abordar el bus a Italia, me di cuenta que no éramos más de veinte personas, por lo que me apuré en reservar el último asiento, el cual une cinco cómodos sillones donde pude dormir varias horas por la noche. En el trayecto y en tantas cortas paradas en diferentes ciudades y pueblos me hice amigo de una marroquí, que viajaba hasta Nápoles a visitar a unos parientes, y de unos franceses que regresaban a Montpellier. Me entretuve bastante en el largo trayecto intercambiando historias peruanas, marroquíes y francesas de todo tipo. En el camino pudimos apreciar desde las ventanas del bus uno de los castillos de Calatayud, la simpleza de Zaragoza, la belleza de Barcelona con su incompleta Sagrada Familia, la noche de Perpignan, el peligro de Montpellier, entre otros.

Italia
La noche y el sueño nos ensombrecieron en Francia y llegamos a la frontera con Italia de madrugada. En ese momento subieron al bus agentes italianos a revisar nuestros pasaportes e hicieron bajar solamente a un africano para un interrogatorio privado, lo cual me sorprendió, dado que yo llevaba un rojo pasaporte peruano. Luego continuamos viaje por Italia y lo primero que me llamó la atención fue ver y atravesar la impresionante autopista italiana.

Esta majestuosa autovía nace en la frontera con Francia y literalmente atraviesa los Alpes Marítimos. Es decir, es una continuación de más de 50 pares de túneles y puentes muy altos y largos que hacen que la autopista sea lineal, perfecta, sin curvas peligrosas, sin baches, sin pendientes, a un mismo nivel, sin rondar los cerros, ni bajar a los valles, y sin preocuparse por la fatídica nueva vista que pueden tener los antiguos y pequeños pueblos de la zona; poblaciones que han sido condenadas a tener entre sus nuevos protagonistas turísticos un puente de hasta varios kilómetros de distancia soportados por enormes y elevadas columnas que unen los dos cerros de su conservador valle. Sin duda, una contundente y magnífica obra de la ingeniería civil moderna.

Al llegar, muy rápidamente, a Génova, cambiamos los verdes montes por explanadas de tierra y verdes arbustos que nos acompañan en nuestro trayecto hacia el sur de la bota. Nuestra siguiente parada es Florencia, ciudad en la cual tomamos desayuno y estiramos las piernas, para luego continuar ruta directa a la ciudad imperial.

Stazione Tiburtina
Llegamos a Roma al mediodía y el bus nos dejó en la estación de buses denominada “Tiburtina”. Fue una pena dejar el bus y las historias, pero en realidad recién comenzaba el viaje. Lo primero que hice al bajar del bus fue, inefectivamente, tratar de reservar el ticket para Bruselas, por lo que quedé condenado a visitar Roma por más días de los “planeado”. Inmediatamente comencé a tratar de comunicarme en “espagliano” e inglés con la gente y pude llegar rápido al albergue ya que quedaba en la “Piazza Bologna”, muy cerca de la estación.

Youth Station Hostel – Rome
El hostal para estudiantes fue inesperadamente muy agradable. Este es un sitio muy dinámico que alberga gente de diversas nacionalidades y por ende distintas culturas. Las chicas italianas que atienden son muy hacendosas, serviciales y muy buenas personas. Tuve la oportunidad de conocer a dos estudiantes inglesas y un ciclista canadiense con quienes salí uno de los días por la noche.

Roma
En los seis días que estuve en Roma pude conocer la ciudad aceptablemente, tratando de no desperdiciar ni un minuto del tiempo que me ofreció la ciudad eterna. Roma es una ciudad polifacética, histórica, monumental, moderna, limpia, sucia, descuidada, extravagante, religiosa, peligrosa y a la vez encantadora.

Si bien la capital italiana tiene mucho que ofrecer a los turistas, la primera impresión de la ciudad no fue muy buena, dado que gran parte de sus sistemas e infraestructuras están deteriorados, desordenados, sucios y sin mantenimiento. Las estaciones de Tiburtina y Términi, el metro, parte de las calles y el desorden vehicular son testigos de esto, lo cual da una impresión de peligro, inseguridad e incluso subdesarrollo.

En Roma hay mucho por ver y, esparcidas por todas partes, existen construcciones milenarias, fuentes, iglesias, plazas (piazzas), puentes, entre otros. Caminé mucho tratando de perderme, no haciendo uso ni del metro, ni del tranvía, ni de mapas, ni de autobuses. En mi deriva por la ciudad encontré muchos sitios interesantes y bonitos, reuní nuevos sentimientos, tomé muchas fotos, conocí gente pintoresca, palpé objetos exóticos, me cansé y me divertí mucho.

Anfiteatro Flavio
Desde pequeño siempre tuve acceso a las culturas romana, griega y egipcia, dado que en casa existían libros muy grandes de éstas civilizaciones, los cuales siempre rondaban mi cuarto y mi cabeza. Por esto, cuando llegué a Roma la ansiedad por visitar las ruinas del imperio, y en especial el Coliseo se hizo muy grande, por lo que éste fue el primer y principal sitio que visité, llegando a rondar a través de él en dos oportunidades.

El Colosseum o Coliseo Romano data del año 64 d.c. y en realidad se llama el Anfiteatro Flavio, apellido impuesto por la dinastía romana que fue la constructora del magnífico escenario. El nombre Colosseum viene de su ubicación, dado que en épocas antiguas se ubicaba al costado de un colosso de bronce con la imagen de Nerón el cual fue derruido cuando cayó su régimen.

En sí, el Coliseo es un estadio monumental con cuatro pisos de tribunas, varios pasadizos interiores, escaleras muy empinadas y cuartos especiales. Si bien ahora está parcialmente derruido por el tiempo, todavía nos deja imaginar cómo era el entretenimiento humano hace dos mil años. Se dice que en sus primeras épocas se realizaban combates entre gladiadores, y diversos animales traídos de distintas zonas del Imperio Romano, incluyendo jirafas, rinocerontes y hasta avestruces, pero fue puesto en desuso cuando la religión católica se apoderó de la civilización, llegando a ser, en su decadencia, un jardín botánico en desuso.

Desde la arena no se puede apreciar la inmensidad de la infraestructura, por lo que es en realidad desde el segundo piso dónde la emoción aflora, sintiendo la majestuosidad de la ovalada edificación. Caminar por ese segundo piso del coliseo es uno de los parajes más emocionantes en dónde haya estado. Si uno deja volar la imaginación, puede retroceder dos mil años y ver a los animales corriendo por su vida, a gladiadores luchando, y a las 50,000 personas del anfiteatro haciendo mucho ruido. Quizás podría haber sido una sensación parecida a la de un estadio de baloncesto de la NBA repleto, pero con mayores proporciones y al descubierto.

Existen en el coliseo muchas partes reconstruidas, pero son únicamente para conservar su estado actual, y no para mejorarlo, dado que la historia es hecha por el paso del tiempo. En estos momentos, lo que en realidad se ve es el cascarón del Coliseo, dado que en tiempos antiguos todo el monumento estaba forrado con mármol, el cual fue robado por los bárbaros y los Barbarini.

Di muchas vueltas por el Coliseo, repitiendo lugares y tratando de aprovechar al máximo mis pasos por esa espléndida construcción.

Foro
Al costado del Colosseum, se encuentran las ruinas del Foro Romano, lo que antiguamente fue el centro de las actividades económicas, comerciales y políticas de la Roma Imperial.

Es una pena ver lo poco que queda de éstas edificaciones, pero igual hay muchas cosas sorprendentes, como la Casa de la Vírgenes y sus bellas estatuas, el Templo de Antonio y Faustina con sus enormes columnas de mármol y los Arcos de Tito y Septimus Severo con innumerables tallados.

Palatino
También al costado del coliseo, está ubicado el Monte Palatino, en dónde Rómulo fundó la ciudad de Roma y dónde han existido muchas edificaciones incluyendo los palacios de los emperadores romanos. El tiempo se ha encargado de dejar muy poco de éstas construcciones, pero igual es muy bonito visitar el monte. El camino a seguir parece el de un parque zoológico sin animales pero con ruinas, el cual termina con la impresionante vista del Circus Maximus, recinto muy grande parecido a un velódromo dónde se hacían muchas competiciones y que ahora es un parque que congrega a deportistas amateurs.

Vittorio Emmanuelle II
Roma es una ciudad en que hay una abrumadora cantidad de monumentos que viven para contar distintas etapas de la historia Italiana. Sin duda, el monumento más sorprendente es el de Vittorio Emmanuelle II, primer rey de la Italia unificada. El monumento a su memoria contiene una fachada muy grande y blanca con muchos detalles, incluyendo columnas, esculturas de animales y personajes, estatuas aladas y hasta un fuegos artificiales que flamean desde la parte inferior. Estuve mucho tiempo tratando de sacar una foto, pero esta construcción es tan grande que es muy difícil hacer una, por lo que tuve que hacerlo por partes.

Este magnífico monumento queda ubicado en una de las plazas más importantes de Roma, la Piazza Venecia.

Piazza Venezia
La plaza central de Roma es una rectangular donde hay mucha bulla y turistas. Esta plaza también es el centro de conjunción de las más importantes autovías romanas: Via del Corso, Via del Foro Imperiale y Via Nazionale, por lo que existe una gran congestión de tráfico generándose, en las horas punta, un caos total. Para amenguar esto, los romanos han edificado, en el medio de la pista que une las tres autovías principales, una columna blanca, ancha y no muy alta en la cual, luciendo unos guantes blancos y lentes oscuros, se exhibe un elegantísimo caravinieri a dirigir el tránsito. Lo más pintoresco de ésta toma es apreciar el arte de la dirección de tránsito que lleva el impecable y dinámico policía, realizando movimientos muy bruscos y suaves casi parecidos a los de un mimo callejero, los cuales son una atracción turística más para el enjambre de fotógrafos japoneses.

Piazza di Spagna
Cerca a la Vía del Corso, queda la Piazza di Spagna, la cual podría considerarse una zona bohémia de Roma junto al Trastevere. La plaza es muy extraña, siendo las innumerables escalinatas un polo de atracción para los turistas y jóvenes, los cuales llevan tambores, flores, licor, vestimentas extravagantes y propician cantos italianos. En si, la plaza vive por medio de la gente que se congrega ahí, más que la propia infraestructura que existe.

Panteón
Perdido e incrustado en el centro de Roma está el impresionante Panteón, la construcción imperial que mejor se conserva (año 27 a.c.), albergando las tumbas de célebres monarcas y artistas italianos incluyendo los populares Vittorio Emanuelle II y Rafael Sanzio.

El Panteón inicialmente fue diseñado y construido como un templo de adoración a los dioses romanos, de dónde se deriva su nombre. Posteriormente, con el dominio del catolicismo, se derribaron los dioses antiguos y el Panteón fue usado como tumbas para célebres personajes.

Esta construcción es muy grande y circular, asemejando a un planetario de más de 50 metros de diámetro. En la cúspide de la media esfera hay un orificio de 8 metros de diámetro por dónde entra el sol, la luna y la lluvia, los cuales no dañan la infraestructura gracias al extraordinario diseño. En si, el Panteón no ofrece mucho más, es sólo un gran salón redondo con tumbas importantes alrededor.

Fontana de Trevi
La Fontana de Trevi, diseñada por Nicoló Salvi, es una fuente muy interesante que se encuentra ajustada entre calles muy pequeñas del centro de Roma. La fuente es un homenaje al océano y tiene muchas esculturas con ese motivo, que flanquean el supuesto mar. Este último es uno muy claro que asemeja a una piscina y en dónde miles de turistas arrojan monedas con la esperanza de regresar a la eterna ciudad.

Moda
Estar en Roma, también significa circular por avenidas y tiendas que lucen lo “último de la moda”, así como cruzarse con gente luciendo atuendos extravagantes.

Un ejemplo de ello es la fotografía que tengo grabada en mi memoria, en la cual se ve la imagen de una muy alta y pálida mujer transitando en el alicaído metro romano. Se le distinguen facciones faciales muy marcadas, cabellos rubios anudados perfectamente en una cola y se le puede observar un atuendo ajustado muy negro que contorneaba su esbelta figura. Si bien se le veía muy atractiva, parecía mantenerse muy oculta, con un olor a misticismo, anonimato y agresividad usando unos lentes de sol sesenteros muy negros y unas botas oscuras muy grandes.

Al transitar viendo las tiendas de importantes diseñadores por la Via del Corso, lo más impresionante fue ver cómo las tiendas promocionan su ropaje a los transeúntes. Al observar esos extraños paneles, en un principio dan la impresión de estar en un desorden total, como si recién los estuvieran ordenando, pero luego de unos diez segundos de ver la escena y captar la idea, uno se da cuenta que han sido ordenados de una manera muy armónica y artística, siendo una manera muy original, desordenadamente ordenada, de arreglar las cosas.

Pizza y tortas
Si bien la cocina italiana es reconocida por varios tipos específicos de pasta, la comida que me encasillé en probar fueron distintos tipos de pizzas, helados y tortas. Gran parte de mi presupuesto fue destinado a probar éstos comestibles en diferentes establecimientos por toda la ciudad, encontrando muy diferentes sabores, como por ejemplo, el del fast-food “Spizzico” y su copia de Pizza Hut, o la del ambulante cercano al Coliseo y su extraordinaria cantidad de queso, hasta la elegante pizza servida en un restaurante casi abandonado por la gente en una muy pequeña calle del Trastevere. Mis preferidas fueron, sin duda, las hechas a mano y dobladas en seis por un cordial cocinero del pequeño bar arrinconado en la estación de metro “Colosseum”.

Con respecto a los postres, los helados no fueron más de lo esperado, quizás por la alta y exacta difusión que tienen alrededor del mundo. Lo que me llamó la atención fueron los adictivos postres de frutas, en especial uno extraordinario que sirven en el Spizzico y que debe ser, de lejos, su mayor factor crítico de éxito.

Vaticano
Llegué al Vaticano sin darme cuenta, como a las 5pm del jueves, cuando estaba dando vueltas entre el Trastevere y los soberbios puentes sobre el Tíber.

La Plaza del Vaticano es muy grande y transmite una inmensidad única. Es en sí una plaza elíptica con un gran obelisco egipcio en el medio y dos fuentes a sus lados. Existe una estructura muy grande que ronda la plaza, la cual es soportada por enormes columnas, albergando estatuas muy finas de mármol que resucitan personajes bíblicos.

En ese momento me pude percatar que había mucha gente esperando poder entrar a una prestigiosa ceremonia que se celebraría ese día. Pregunté a los turistas y policías, pero me indicaron que se necesitaba un boleto verde para poder ingresar, por lo que me resigné a estar sentado un momento y dar muchas vueltas por la plaza. Luego, enrumbé hacia la derecha, llegando a una zona dónde se vendían artesanías de todo tipo. Di una mirada, descansé un buen rato y decidí regresar al Vaticano antes de volver al refugio. Mi sorpresa y suerte se extrañaron al encontrar la plaza vacía de gente y de caravinieris, por lo que caminé hasta la puerta de la Basílica de San Pedro. En la portada, me encontré con varios policías que me recomendaron remover mi chompa de la cintura antes de entrar al recinto, por lo que tuve que hacer ese incómodo sacrificio para poder ingresar.

Basílica de San Pedro
Cuando entré a la tan colosal iglesia se estaba realizando una ceremonia de Semana Santa presidida por el Papa Giovanni Paulo II y pude percibir el mismo misticismo, tradición, aburrimiento y perfume de señora que se respira en la mayoría de iglesias que he visitado. Había mucha gente, pero no tanta como para no poder dar vueltas cómodamente. Caminé mucho por los recintos laterales de la iglesia observando las maravillosas obras artísticas existentes.

En la zona central, descubrí muchas cámaras de televisión que tapaban la visión, induciéndome a buscar un rincón para poder observar cómodamente al blanco personaje. Con dinamismo y un poco de suerte pude encontrar un grupo de monjas muy bajitas desde dónde pude captar nítidamente imágenes de la ceremonia y tomar muchas fotos de la escena. Minutos después seguí dando vueltas por el ala izquierda, visitando algunas tumbas de papas, cuadros, estatuillas y grandes monumentos de santos y personajes papales y bíblicos. Un problema fue que el ala derecha de la Basílica estaba cerrada, por lo que al final me acomodé en el sector sur, junto al borde del camino central, siguiendo el sermón papal y las canciones en un inentendible latín.

Al término de la larga ceremonia el pequeño, blanco, encorvado y popular personaje salió ovacionado junto a la Armada Suiza por el camino central, por lo que pude observar de cerca su paso y tomar algunas fotos.

La mañana siguiente decidí regresar a la Basílica y visitar las áreas que faltaban, lo que incluía la fenomenal “Piedad” de Miguel Ángel, la Capilla de San Sebastián y otras estructuras. Después enrumbé a conocer las otras atracciones turísticas que ofrece ésta diminuta ciudad, las cuales están ubicadas muy cerca de ese escenario.

Museo del Vaticano
El museo nos da acceso a los Palacios del Vaticano y a la Capella Sistina, los cuales son muy interesantes e impresionantemente bien hechos y diseñados por genios de la talla de Miguel Ángel y Rafael. Al recorrer los palacios, Rafael se lleva todos los laureles por sus increíbles escenas murales y pinturas, que nos hacen reconstruir escenas específicas como un incendio en el año 847d.c. Lo único que faltó de éste recorrido es tiempo para poder apreciar bien cada una de ellas.

Capella Sistina
La Capilla Sistina a primera vista parece un antiguo salón grande de teatro colegial con piso de parquet y gran amplitud; hasta que uno observa el techo y los altos muros, y descubre el colorido de las escenas. Ha habido mucha polémica por la nueva restauración de los murales de la capilla, dado que ahora tiene colores mucho más fuertes y resaltantes que hace algunos años, pero a mí me parece que ha quedado muy bien, tan coloridas y llamativas como fueron originalmente, casi pareciendo animaciones hechas por artistas de revistas animadas japonesas. Los murales más impactantes son “La creación de Adán” y “La creación de Eva”, que transmiten mucha belleza y perfección, así como también un gran dolor de cuello y un mareo espectacular.

Seguí recorriendo el vaticano para luego regresar y recorrer por última vez el centro de Roma, la Piazza Venecia, la del Popoli, la Navona, y muchas más hasta muy tarde, antes de partir para Milán y Suiza que fueron mis nuevos rumbos.


Conocer Roma fue un retroceso al pasado e implicó analizar el origen de muchos ritos, creencias y culturas que han impactado al mundo actual y aportado mucho a la humanidad. Esta civilización, por más descuidada que esté, sigue siendo una de las ciudades más vanguardistas del mundo y debería ser un destino obligado para cualquier ser humano.

De Roma no traje souvenirs ni del vaticano ni del coliseo. De Roma traje un libro italiano muy antiguo y bonito llamado “Laberinto d’amore”, dos anillos, polos animados, un disco de “Italia Inverno 2003” y un pedacito de mármol del foro romano que encontré varado en el camino. Trataré de conservar por lo menos uno, y así recordar esas mil vivencias de esos magníficos días de movimiento pero de mucha tranquilidad que pasé en Italia.

Buscando en mi cabeza por algún recuerdo, me doy cuenta que todavía tengo una imagen muy nítida de un almuerzo en el Barrio del Trastevere, el día anterior a dejar Roma; escena en la que estoy sentado en ese restaurante abandonado de gente, con una pizza en mi mesa, viendo a esporádicos seres pasar por una angosta calle, y escuchando a lo lejos a Carmen Consoli y su “L’eccezione”, transmitiendo una nostalgia, libertad y felicidad enorme. Ojalá permanezca con esa nitidez y no se desvanezca muy pronto.


JC Magot 2003